Pacasmayo, ayer

El hombre tiene la propiedad de regresar al ayer cuando mejor le parece.

Hace un esfuerzo mental y retorna al ayer y lo vivido empieza a estar presente.

No hay otro ser que pueda mirar lo ya vivido, presentarlo como reciente y si es posible, reír o llorar por lo ya sucedido y que no podrá volver a vivir.

El tiempo, el tiempo es el que determina la existencia del pensante y también lo hace que regrese, que haga hoy lo de ayer y vuelva a mirarse adentro y encuentre al pasado, lo ya experimentado.

Es importante este retorno, pues permite refrescar al presente y mirar con otros ojos la existencia.

La constante que lo envuelve la muerte, el dolor por dejar de ser, ya no estar de pie y el miedo que lo acorrala, el ya no ser, el no ser.

Y mirar al otro que sí será, que sí estará, o a lo mejor, tampoco ya que no se sabe cuándo partirá.

Mientras tanto, a seguir masticando, respirando y mirar el vivir, el hoy como algo que mañana no será.

Lo anterior, a raíz, de “Mi Pacasmayo que se va” de Henry Gonzales Rodríguez Gutti, pues dice “El Pacasmayo que conocí, me deja, se va junto a mis amigos que ya no están. Me voy quedando solo, quedan conmigo mis añoranzas que atesoro…”.

Una gran verdad, se regresa al puerto y no hay con quién conversar, pues más de los más han partido y queda el recuerdo y la pena porque los días son más largos y las noches peor, pues hasta la palabra se esfuerza por aflorar.

Surge el llanto en silencio, paradoja y también las lágrimas que no hay donde depositarlas.

El libro hace recordar a quienes ya han caminado largo camino, lugares, calles, tiendas, peluquerías, panaderías y también sueños y esperanzas.

Los jóvenes, los de ahora, nada saben de lo que fue el puerto años antes y de lo que significaba estar en Pacasmayo.

El autor dice “Mis aventuras en la playa, La Greda, la Trinchera, el Puente Fierro y la extenuante caminata para llegar a la laguna del muerto del Hornito…”.

Los cines, quedan en el recuerdo “Bahía”, hoy un centro comercial; “Gloria” que está cerrado y algunas veces hacía de centro religioso; “Olimpo”, de una bella estructura, hoy totalmente cambiado, centro comercial. Mucha pena por el cambio.

Pero, más importa la modernidad.

De las panaderías, recuento de las que había y está solo La Victoria, La Limeña, de Don Fernando Arméstar, casona de dos plantas, hermosa, solo queda el soñar. Nada más.

No se puede dejar de mencionar la labor que cumplió el Centro Social de Empleados, su música, su Biblioteca.

Los colegios, a la cabeza el 237. Luego están las figuras destacadas que marcaron época, el señor Abraham Cumpa y “La Libertad“, Don Federico Llontop y “Bolognesi”.

La escuela 238

Los estatales todavía están de pie, los colegios privados, los dos, quedan en el recuerdo.

Ahora, es hotel, el molino San Andrés y la personalidad de Don Gonzalo Ugás Salcedo, alcalde y persona de bien, que apoyaba a quien lo necesitaba.

“Mi Pacasmayo que se va”, trascendente y sobre todo, historia viva, historia de ayer en pleno hoy.

Repito, doloroso, muy doloroso el Pacasmayo de hoy.

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