Siempre el ayer, el ayer 

Felipe Tapia

Quizás por haber vivido otros mejores tiempos, donde los valores se respetaban, de la misma manera, la autoridad.

El señor policía era tal, el señor alcalde no era elegido por voto popular, de manera escalonada venía desde el Ejecutivo hasta llegar a la alcaldía.

Era el señor respetado, apreciado y el “vecino notable”, se manifestaba.

La escuela fiscal, otra cosa.

Más tarde, el Colegio Nacional, de la misma manera.

En la escuela, colegio, no había psicólogo.

Todavía no existía esta profesión.

Por eso sigo pensando, capaz equivocado, que todo tiempo pasado fue mejor.

Y sigo a los grandes maestros, en primera fila, como tiene que ser, a los griegos, filosofía y más filosofía.

Ahora, se darán a conocer las nuevas medidas que se tomarán para que la disciplina se imponga en la escuela, en los colegios.

Repito, errado o no.Nada nuevo hay bajo el sol.

En mi legendaria Escuela 237, el profesor o maestro, como se llamaba, era autoridad, su palabra era ley.

Imponía su conocimiento, su personalidad.

Siempre el maestro ha estado como ahora, mal pagado.

Pero ahí estaba, de pie, capaz con su único terno o su única corbata.

Imponía mucho respeto. Admiración.

Llegar al Director, era otra cosa.

No se quería, se temía.

Era la máxima autoridad.

Lo que decía, para bien, se cumplía.

Que la sanción se quede con el docente.

No más allá.

Ahora, llamar al papá.

Ya no. 

Decía la autoridad, la de usted o le doy yo.

A llorar al río.

Eran otros tiempos.

El conocido «corte escolar», el uniforme único.

Zapatos bien lustrados.

No existían zapatillas.

El estudiante humilde, pero presente.

Sólo un pantalón, una camisa, pero limpios, bien limpios, repetía la autoridad.

Luego, el hombre debe ser de todo, menos una cosa, entienden, entienden.

Sí, silencio.

Por las mañanas, el Himno Nacional.

Por las tardes, canciones hogareñas.

Se iba tarde y mañana.

Eran otros tiempos. Otros tiempos.

No salimos malos con la disciplina del 237.

Recuerdo a mis maestros, ya fallecidos.

Y al señor Director, señor Enrique Valenzuela Valera.

Una vez me encontré en Lince, nos abrazamos y recordamos.

Por ello, repito y siempre lo haré, errado o no, fueron otros tiempos, otros maestros y buena disciplina.

Siempre se regresa al ayer.

Se seguirá regresando.

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