El tiempo y el comentario

Siempre manifiesto que el tiempo se encarga de los diferentes actos del ser humano. Sea de reconocer, valorar, o por el contrario, castigar, censurar y hasta menospreciar.

No hay por qué incomodarse frente a una acción negativa, dejar pasar el tiempo y ya está la censura.

Algunas veces, el tiempo lleva al olvido. Pero también al recuerdo, a la presencia y sobre todo, a retomar lo dejado.

Hace cerca de cinco años, salió la tercera edición de “Habla una Mujer” de Elsa Hochhäusler de Sagasti, conjunto de narraciones publicadas sea en Caretas, La Prensa o El Comercio.

La tuve en mis manos, y la intención fue realizar un comentario en este su diario de la mañana.

Empecé a leerlo y, cuando menos pensé, desapareció el libro, lo busqué y no lo encontré, me olvidé.

El olvido.

Hace unos días, limpiando unos libros, encontré en el estante la obra perdida.

Retomarla, y, nuevamente, poner los ojos y el pensamiento en lo que manifiesta la autora.

El tiempo, favorable, se encargó de entregar lo que se requiere y, sobre todo, que lleguen los comentarios al respetable.

Elsa de Sagasti, como firmaba sus notas, trabajaba por la década del cincuenta, cuando la mujer estaba lejos de muchas actividades, y ella ya inicia su labor de preocupación y apoyo a la mujer, reconocimiento y aprecio a la entrega de su quehacer, sea en el hogar o en los trabajos que ya se iniciaba en la sociedad. 

La primera edición, 1965, trae el prólogo del reconocido , ya fallecido periodista del diario “El Comercio” , Emilio Armaza.

Son notas cortas , preparadas para un público casi femenino, que se relaciona con diversas actividades, desde las más simples hasta graciosas.  Notas esperadas y apreciadas por el respetable, por la temática, el lenguaje y especialmente, por la observación de las cosas simples de la vida.  Cosas sencillas que más de las veces no se toman en cuenta, menos se reflexionan. 

En la edición se han colocado, como palabras iniciales, las dedicadas a sus padres, dice: “Quien aprende a amar a las plantas, a deleitarse con las flores, a disfrutar de un naranjo en flor como de una obra de arte maravillosa, tiene al alcance de la mano una felicidad modesta, una felicidad humilde, sin embargo que puede colmar todos los ámbitos de una vida con “cualquier cosita de nada“.

“Recuerdo con emoción que cuando era muy niña mi madre me despertó a eso de la media noche y, bien envuelta en una manta, me llevó al jardín.

—Ves una cosa maravillosa —me dijo.

—Fue, en efecto, maravilloso.

Era un cactus llamado reina de la noche que florecía muy raramente y en esas ocasiones abría su flor tarde de noche y volvía a cerrarse al amanecer.”

Ella nació en Viena, Austria, después de la Primera Guerra Mundial, la familia llegó a Chile y por situaciones de la realidad termina sus días en Carolina del Norte.

El aporte al periodismo es tremendo, sobre todo, la inquietud por la mujer.

Traigo al recuerdo, con el tiempo, a tan trascendental dama.

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