De las ciudades y los habitantes

 

Constantemente se viene haciendo mención en el país, las ciudades se encuentran abandonadas en los diferentes servicios que ofrecen a la población.

Temas elementales, como es el caso de la limpieza pública, se descuida y las ciudades ofrecen un espectáculo deplorable.

Es una gran verdad.

Sin embargo, hay que hacer algunas precisiones que tiene que ver con el rol que cumple el ciudadano, con la labor que tiene que desplegar en bien de la ciudad.

Si se revisa la historia de los pueblos, cuando tenían una población menor y los habitantes eran del mismo lugar, los problemas que se presentaban eran menores, muy menores.

Con el devenir del tiempo, se da inicio a lo que se denomina en la actualidad las inmigraciones, es decir, la partida de los habitantes de su lugar de origen hacia otros.

Siempre lo hacen en busca de mejoría, de superación, ya sea por trabajo, por educación o por encontrar salida a diversos problemas que hace frente.

Y cada ciudadano, en su lugar, tiene determinadas costumbres, forma de vida, su existencia.

Y cuando parte a otra zona, lleva consigo todo lo suyo, lo bueno y lo malo.

Y aquí radica, en parte, los problemas que ofrece la ciudad.

Los habitantes del mismo lugar, poco a poco, van dejando de lado la responsabilidad que tienen con el sitio donde habitan, las ciudades.

Así se hace presente la falta de higiene, la limpieza.

Es más, se aleja del respeto a la ley, del respeto que tiene que ofrecer a la autoridad.

Especialmente, de acatar las disposiciones que emanan de la autoridad.

Ya no se piensa en el prójimo, en el más cercano, le importa ser él, esto es, vivir mejor, divertirse, según su manera de comprender qué es diversión.

Menos, respeta los lugares públicos, los mismos que corresponden a todos los habitantes.

Es decir, se ingresa a un mundo caótico.

De ahí que en determinadas actividades se imponga la violencia, el alcohol, la gresca y hasta, lamentablemente, la muerte.

Se está en tierra de nadie.

No se respeta y contempla nada ni a nadie.

Se impone el Yo y no el Nosotros.

Se observa lo que se comenta en varios lugares del país, entre ellos, mi querido y recordado puerto muy humano, humanísimo.

Repito, el de antes.

Por intermedio de este, su diario de la mañana, me entero de lo que predomina en el puerto y de cómo las autoridades se muestran impotentes para poner orden.

Ya no hay qué hacer, o mejor, sí, que cada ciudadano haga lo que mejor le conviene.

De ahí que el añejo Malecón que lleva el nombre de quien pensó en los demás y no en sí, dio su vida por el país, se torne en una vulgar cantina.

Nadie puede pasar, menos decir algo.

Viene el insulto y el mal trato.

Lo increíble, este mal vivir llega hasta la denominada Plaza Mayor, frente a la Municipalidad.

Increíble.

Pero es. Sí, es.

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