Fuera de la vía

La historia de mi país está plena de hechos por más contradictorios.

De la misma manera, mujeres y hombres que testimonian existencias que van más allá del diario vivir.

Testimonios que engrandecen o empequeñecen. Pero son.

Más de las veces se pone en riesgo la nacionalidad, la peruanidad y sobre todo, la dignidad humana.

Cada acción aleja, separa más de lo que significa ser pensante, tener como se dice, “más de dos dedos de frente” “Por sus frutos los conoceréis” reza la Palabra.

Y, repito, la historia sacude y pone la piel, otra vez, como se dice, “de gallina”.

Día a día se pierde credibilidad.

Se repite, ya no hay en quién creer.

Y la esperanza del mañana, observa las acciones de los mayores, como si fuera normal.

Y hacia eso se orienta, lamentablemente.

Se hace mención, cada vez más, a la llegada del Bicentenario.

Hay preparación para celebrar, recordar la gesta libertaria; exaltar figuras y actos que permitieron que las autoridades hispanas que habían invadido y manejado la porción de territorio denominado Perú, se alejara de estas tierras.

Se alejan autoridades hispanas.

Ya no hay dominio hispano.

Pero, poco a poco, se cae en poder de los extranjeros.

Los ingleses, norteamericanos, y en estos últimos tiempos, el poder asiático.

Es decir, no hay capacidad para poder ser país.

Se manifiesta que la pandemia ha puesto a la luz del día, la realidad en la que se encuentra mi país.

Sobre todo, la dependencia en los diferentes campos de la actividad humana; la imposibilidad de las autoridades nacionales de actuar cómo se debe.

La Constitución no le permite.

Fue redactada para velar por intereses privados, particulares y no por la sociedad en general.

Por otra parte, desde la invasión española está presente: la corrupción, en sus diversas manifestaciones y la pérdida de la ética, del rico mundo valorativo. Ama Quella, Ama Llulla, Ama Sua.

En tiempos de pandemia, de miles de muertos, de infectados, de vidas truncadas, la rapiña, el engaño, el embuste y otras modalidades donde se hace presente la miseria humana, han cobrado más fuerza.

Últimamente, lo de la vacuna.

Nadie se inmuta, nadie se ruboriza.

Es lo normal.

La justicia, ojalá haga su tarea bien.

Es decir, dos centurias de abandono, de injusticia, de riquezas mal adquiridas.

Cuando se piensa en el monopolio del oxígeno, es para llorar.

Cuando se observa que los hospitales no cuentan con oxígeno propio, que lo adquieren del monopolio. También es para llorar.

Cuando se especula con el precio de las mascarillas, de los elementos necesarios para protegerse, de la misma manera, es para llorar.

Cuando se piensa en el quiebre de la educación, en las miles de horas perdidas, en el alejamiento de la socialización, también es para llorar.

Mejor, silencio y regresar a los viejos libros de filosofía.

Mejor.

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