Las generaciones se suceden
Columna de Felipe Tapia
Cada vez que regreso al puerto, al de mi infancia, lo hago dos veces al año, me doy con la sorpresa que ya quedamos pocos, muy pocos, los de los años aurorales.
Años aurorales del legendario e inolvidable 237, aunque en la actualidad tiene otra denominación, acorde con los tiempos modernos, para mí sigue siendo el 237.
Sería una locura pensar que todavía queda algún maestro de la época, los verdaderos maestros.
La vida es un sucederse, un estar, un pugnar por estar, pelear por no querer dejar ser, de partir a la otra orilla o de mirar la existencia con otras lunas, las de las oscuras noches.
Recordar los años, también aurorales, de “La Unión”, los libros que se leía a hurtadillas en la oficina de la dirección, las palabras de aliento, más tarde, de Don Manuel.
Cada vez que regresaba al puerto, lo primero, ir a saludar y conversar con Don Manuel, también con el pastor, capaz ya nadie se acuerda, Marcelino Alcántara y su señora Julia.
No olvidar, en su escuelita muy hogareña se aprendieron las primeras letras, igualmente, en la escuelita dominical de la Iglesia Nazarena, que se mantiene en el mismo lugar.
Está en el mismo lugar, pero ya no hay población como antes.
Y los compañeros de “La Unión” o de la "Imprenta Ascorra”, amigos de manos estrechas.
Ya han partido.
Pregunto por ellos y siempre la misma respuesta, “ya murió”.
Las generaciones, digo se suceden, pero por el humano puerto creo que no.
Cuando Sebastián Salazar Bondy repetía, “Pacasmayo me pertenece”, era otro Pacasmayo.
Y cuando el gran Martín Adán, ingresaba a la dirección en busca de Don Manuel, era otro Martín.
Igualmente, cuando ingresaba Don Carlos Alfonso Ríos, el poeta de solo dos plaquetas, se llenaba la casa de vida.
Eduardo González Viaña todavía estaba en la Universidad de Trujillo y llegaba al diario a “corregir pruebas, también dictaba clases en el Antonio Raimondi, el de antes, de mucho antes.
Las generaciones se suceden.
Algunos, repito, están de pie.
Hace algunos días leía “La vida sin dueño” del recientemente fallecido Fernando de Szyszlo, y encontré una fotografía donde había varios personajes y se hacía referencia “al poeta Luis Alberto Ríos”, pero a mí me traía a la memoria que el poeta era Carlos Alfonso, pues Luis Alberto se desempeñó como periodista y más tarde por acá, estuvo muy cerca al profesor sanmarquino, Jorge Puccinelli.
Las generaciones se suceden o, tal vez, desaparecen.
Llegan otras generaciones, muy ajenas a las anteriores, con otras inquietudes, con otros sueños.
En el mes de julio, que estuve por el puerto, el licenciado Roberto Javier Castañeda, me regalo un conjunto de libros de autores de Guadalupe, Chepén, Pacasmayo, pero, pero, me olvidé y los dejé en el puerto y no pude hacer los comentarios que le había prometido.
Las generaciones se suceden.
Así ha sido siempre y seguirá siendo.
Por el bien de la humanidad, siempre hay personas que les gusta el arte, en su variedad que tiene sueños, esperanzas y también miran la vida con otros ojos.
No los del lucro.
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