Navidad, la de antes
En diferentes oportunidades manifiesto que los tiempos pasados, en sus variados quehaceres, eran mejores que los presentes, los de hoy.
Como respuesta se dice que en la actualidad, la modernidad, de la misma manera, en su gama, contribuye a una mejor existencia, que hay más oportunidades y que la vida es más llevadera.
Capaz si o capaz no, depende de los intereses que tengas, de las inquietudes que te agobian o de lo que quieras adquirir y que la modernidad te da “facilidades“ para que las logres.
Cuando digo que Navidad, la de antes, sostengo que así es.
Los tiempos pasados, por mencionar al Puerto de Pacasmayo, presentaban una Navidad real, cercana al Evangelio.
La población era humilde, pero creyente, ajena a individualidades marcadas.
Recordar, en los hogares se levantaba, en un lugar especial o en algunos casos, en una pieza especial, el Nacimiento.
Pleno de adornos, de cosas pequeñas, muy pequeñas, no había, naturalmente las luces de colores, los presentes que ahora se ofrecen.
En el centro del Nacimiento, estaba el niño cubierto, se abría la Noche del 25.
Todo sencillo, sin la opulencia de ahora.
En las ventanas no había la competencia que hay ahora, ventana o puerta que tiene más luces de colores, más adornos, es mejor.
Normal, los pastores recorrían los Nacimientos, formando grupos, cantaban, bailaban al Niño y se iban a otro Nacimiento, recibían un bizcocho o un poco de chocolate.
Como el juglar de antaño, un vaso de buen vino y una buena posada.
Los regalos que se entregaban en la familia, sencillos muy sencillos.
Ya lo he dicho en otra oportunidad, el señor Gonzalo Ugás, más conocido como el “gringo” -un gran alcalde, de aquellos tiempos cuando no había elecciones y no se pagaba por ser alcalde- en su ingenio, entregaba regalos, dulces, a los niños que se acercaban y, a veces, había que hacer cola.
Todos salían contentos, por esos tiempos, era una gran alegría recibir una pelota, una muñeca; un vaso de chocolate y un bizcocho.
No habían gaseosas, menos galletas o todo lo que ahora hay empaquetado.
Las panaderías de los hermanos Cueva y de los hermanos Armestar, también del señor Ponce, las más reconocidas, ofrecían panetones preparados, salían calientes, muy calientes.
Naturalmente, no eran los panetones actuales.
En los hogares, al no haber pavo -que en la actualidad ya es comercial- se preparaba una gallina o un gallo al horno. La familia contenta, muy contenta, compartía, compartía.
No había alarde de vinos, de cervezas o de otros licores.
La familia, si tenía Nacimiento, se acercaba, adoraba al Niño Jesús, rezaba y esperaba a los Pastores que llegaran. Luego, a dormir.
Esperar otro día. Jugar con los muñecos, con las pelotas y correr. Se corría y jugaba en la calle.
No había la inseguridad de hoy. Menos la delincuencia. Eran otros tiempos, tiempos que ya no vendrán. Solo queda recordar y nada más.
Pues, qué más se puede esperar en estos tiempos violentos y de muerte a cada instante.
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