Las personas pasan

En estos tiempos que se viven, de incertidumbre, de ambiciones, de prepotencia, de abuso, de ansias de poder y especialmente, “de la fuerza del dinero”, no queda tiempo para reflexionar o regresar a tiempos idos, a pensadores que han marcado el rumbo de la humanidad, y hacer un alto, por muy pequeño que sea, y mirarse adentro, muy adentro, y reconocer que todo pasa que nada es eterno, que todo es transitorio.

Mejor, como se viene repitiendo a través de la historia, de los años, capaz de los aurorales, que las personas pasan, pero las instituciones quedan.

Y aquí recuerdo, otra vez, los años iniciales del legendario 237, donde el director que hoy lleva el nombre de la escuela, se entregaba plenamente, hacía todo lo que podía, dentro de las limitaciones, para que los estudiantes, tuvieran un mejor servicio; y, naturalmente, los profesores estaban de pie apoyando al conductor.

El señor director, repito, nuevamente, lo encontré una mañana en una calle de Lince, conversamos, recordamos y nos despedimo; de la misma manera, en el Viejo Rímac, fue mi vecino el profesor de apellido Castañeda, por poco tiempo, pues se mudó; también encontré al profesor Marino Koo Rojas, por el parque Universitario.

Las personas pasaron, o partieron a la otra orilla, pero la institución sigue de pie, con otras personas.

Y lo más importante, se recuerda el trabajo que realizaron, la rectitud y la bondad en las aulas, en los paseos, en las horas de educación física o de fútbol, abajo en el arenal, ahora ya no hay, se han levantado viviendas, calles.

Por esos tiempos, varias décadas atrás, no se hablaba de corrupción, de robos, de aprovecharse de la buena voluntad.

Por acá, duele hondo y nada se puede hacer, uno se informa que los delincuentes han ingresado al colegio, se han robado las computadoras, libros, material de trabajo, hasta juguetes de los más pequeños.

Y no entiendo por qué se hace.

No sé si en el puerto o en lugares aledaños suceda esto.

Pues ya no tiene nombre.

Ahora, las personas, repito, pasan, como se dice, “somos aves de paso”.

O mejor, transeúntes que quieren cargar mucho la maleta, pero al partir el tren, pueden viajar únicamente con lo que llevan puesto. Nada más.

El resto, queda y queda, no se sabe qué pasará, o como dice el tango, “cuando veas que se están probando el traje que dejarás”, nada puedes hacer.

De ahí que hay que tomar a modo de juego de niños, el tránsito por este camino que es el vivir.

Hay que regresar a las “Coplas” de Jorge Manrique dedicadas a la muerte de su padre o también a los Proverbios, al libro de Job, el Eclesiastés y en verdad, uno se siente impotente, débil, sin ganas de respirar.

Por ello, para que las ansias de poder, de acumular, a costa del semejante, bienes que se quedarán para que otros los destruyan.

Cuando regreso al ayer, y lo que fueron los grandes hombres, sea agricultores, ganaderos, de la panificación, del comercio, de la industria, y ya no están, y su obra, su trabajo, lo que levantaron, después de su partida, se vendieron.

No olvidar, repito, las personas, damas y caballeros, pasan, pero las instituciones quedan.

Reflexionar y llevar una mejor existencia acorde con los dictados de la razón, de las enseñanzas de los mayores, capaz ya partieron a la otra orilla. Pero queda el recuerdo, la palabra.


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