Juan con nosotros


Trajinando en medio de la vecindad sampedrana, donde siempre es bienvenido, sea porque no le falta nunca una sonrisa amistosa y cordial, sea porque emana de su persona una energía que parece envolverlo todo y convertir un simple saludo en una fiesta, cualquiera, con cuyo trato no ha contado, lo tomaría como un parroquiano más. Sin embargo, quienes hemos recibido, muy complacidos por cierto, en las tantas jornadas de expansión espiritual (que espiritual es también el sincero crepitar de la llama del corazón entre amigos) el fresco donativo de su sencilla humanidad, lo tomamos como lo sentimos: Juan, cariñosamente "el loco Juan" con nosotros.

En el día a día, frío o abrasador, no tanto por el tornadizo clima físico cuanto por la lucha en conseguir el alimento o porque nuestros circuitos mentales lucen a veces trabados a causa de las exigencias de este orden horrendo, cuyos mecanismos dominan muy bien los que no trabajan precisamente para el bien común y cuya hipocresía y ridícula vanidad consiste en rendirse homenaje a sí mismos, Juan del Pueblo, es decir Juan Guanilo Rojas (Escajadillo), muy bien podria ser considerado genuino símbolo de la persistencia en no encallanarse ante la canalla del poder militante y, por lo mismo, símbolo de la resistencia de la dignidad humana a formar parte de ese vivir al revés de toda nobleza y autenticidad.

Con un drama familiar doloroso a cuestas que fácilmente doblegaría y haría renunciar a otros de menos temple y fortaleza moral, Juan no cede jamás a la complaciente autocompasión, e irrumpe, más bien, en escenarios de viril autoafirmación y de fe a toda prueba. Trabaja duro como un clásico benedictino siempre fiel a su legendaria divisa: Ora et labora. Persona o personaje de una singular saga mestiza, en la cual, solitario y poco comprendido, observa, sin contaminarse, la molicie casi deportiva de las muchedumbres celularizadas, sometidas frenéticamente a los dictados de las modas y modismos que para ellas tienen programado los dueños de este sistema egoico y mercantilizado.

En una ocasión, con cierto humor travieso, el escritor Arturo Castañeda Liñán que, escuchando a Juan abordar, como quien no quiere la cosa, ciertos temas "propios" de intelectuales de fuste o de gente "leída", no le cabía la menor duda de que algo en el encopetado engranaje establecido no andaba bien y que por lo tanto había que revisarlo todo y comenzar de nuevo. Y es que Juan es un hombre sorprendente, porque a contrapelo de lo que alguien, que no le conoce, podría esperar de él, dado su aspecto de peruano común y corriente y de su simple campechanía desinteresada, de pronto, en medio de la conversación, suelta una súbita y brillante perorata que con mucho gusto y satisfacción bien podría suscribir cualquier consagrado de elevadas letras. Evento gratísimo éste que nos remite a mirar con otros ojos los manidos y dogmáticos estereotipos que andan por allí impartiendo su anacrónica autoridad e invistiendo por ello mismo, de inmerecida aureola a hinchados personajillos de opereta.

Juan, con esa suerte de ingenuidad poblana, de bravía y penetrante sensibilidad que desafía nuestros más serios pensamientos, no presume de nada en especial, no se considera a sí mismo, ni de lejos, una especie de perla negra entre tanta falsa perla blanca, no es el típico sobaco ilustrado, fidelísimo lector de libros fatigantes, por lo que es de deducir que esa natural y acostumbrada actitud lo ha eximido del ridículo afán de pretender opacar a los demás y del prurito enfermizo de ser tomado en cuenta en cualquier parafernalia literaria que se realice en el medio.

Y no obstante, y a riesgo de repetirme, de ese raro obelisco humano, solitario como un musgo en una fontana abandonada, mostrando al mundo sus oscuras rajaduras pétreas, de ese rostro cincelado por algún alucinado escultor-alfarero inca, escapado del tiempo, cuya rusticidad y duras maneras de gladiador criollo o peleador callejero, que no es nada más que pura apariencia risueña a no tener en cuenta si acaso no queremos perdernos lo mejor de este hombre esencial, de este grande, repito, han brotado y brotan profundos, bellos e inquietantes pensamientos, envueltos en palabras simples, singular concierto brindado en rueda de amigos, lo cual despierta el anhelo de preservarlos para que cuando hayan crecido sus nietos y aquel, Juan, siga aún caminando sobre la tierra o repose ya bajo ella, sepan del gran abuelo que tuvieron y, por lo tanto, se sientan orgullosos de su estirpe, como así también nos sentimos aquellos que conocemos y disfrutamos de ésta su inefable virtud inédita, anónima como casi todas las cosas buenas de este mundo, y todo ello dentro de las paternales murallas del club de sus amores y desvelos, "Tigres del Centenario" de la cálida y lagartijera Villa de San Pedro de Lloc.

Voz de

Guillermo Vergara García