Freddy, tú siempre estuviste aquí

Federico Chirinos Peña By Facebook Fredy Chirinos

Federico Chirinos Peña

Fuente: Facebook Freddy Chirinos Peña

 

La vida tal cual nos es desconocida. Solo estamos en ella, sin despertar casi nunca, sin tener la mínima conciencia de sus bamboleos frenéticos o serenos. Y así, lo inefable que es la sensación de lo vivido, sin palabras y sin representación posible, cruza nuestro cielo interior como un relámpago, dejándonos sólo el contorno claroscuro de un vago recuerdo hechicero, fantasmal, evanescente.

Sin embargo, en medio de este rito circular ad infinitum, de rigidez cataléptica, sin que nadie ni nada nos procure o rescate nuestra real identidad, en este omnipresente sistema, industria de androides súper obedientes, camisa de fuerza de la mega ideología dominante y que, por eso mismo nos niega el libre ejercicio de la verdadera Vida que comienza con el despertar y se afirma con la Libertad, la Justicia, la Belleza, la Sabiduría y la Dignidad y sus nobles frutos, y nos ofrece en cambio, la muerte a secas, sin heroísmo ni esperanza, en “cómodas” cuotas bancarias, alguien -debo repetirlo- alguien -y como él muy contados- desde su oscura adolescencia sampedrana, marcada por muy duros desafíos y necesidades, tal como corresponde a una prole numerosa y en  plena edad de la ternura, abrumado por la estandarización ambiente que es oprobio en contra del talento que, tarde o temprano, reclamará su lugar en el gran concierto de los libres, no sin antes haber dejado en la arena de calladas luchas, girones de su alma decidida, y quizás también contra todo pronóstico inficionado de satisfecha mentalidad aldeana, se atrevió a desertar de este sueño teledirigido, y lo hizo de tal manera que, apenas arribando a costas extrañas, infundió allí en quienes lo trataron, el sereno vendaval de su estro quijotesco, lo genuino de la amabilidad de su causa, de sus afanes insospechados, de su grandeza de humanidad militante, de su continente carismático y de su amistad fervorosa y arrolladora.

De este modo, le fue dispensada, sin reservas, la espontánea consigna de puertas abiertas en el corazón de la gente que supo de la franca elocuencia de sus palabras y de sus actos, de su estar en familia, de su abandonarse como un niño grande a los deliquios de la fraternidad, carente de dobleces, especialmente entre esa riente y bulliciosa muchachada de su muy querida Promoción JAR “Carlos Forero Zubiate” – 1976, a cuyo seno volvía siempre para seguir ofreciendo a manos llenas la flor de su sonrisa abierta, de su talento sin arrogancias, de su liderazgo natural sin aspavientos.

Hoy, abatidas las alas, doblegadas las almas en atronador silencio, debido a esa “partida astral” inescrutable, tema sempiterno de sombríos tratadistas de todos los tiempos y de los pocos solitarios que repararon en que nadie que haya nacido de mujer, tocado con las más elevadas prendas, habrá de morir impunemente, pues desde sus gestos más fundamentales hasta el modo de haber contado un chiste intrascendente en vida, formarán parte más tarde del valioso caudal intangible, privativo de las generaciones, y ello más por la fuerza invencible del Espíritu que por una burocrática ordenanza de etiqueta. Y así, la Vida, aquella despojada de la utilitaria cirugía con que pretenden pasar de contrabando los oscuros traficantes del poder, volverá entonces a ser ella misma, ésa que vislumbraron los sabios y cantaron los rapsodas y saludó, en éxtasis, el pobrecillo de Asís, la misma, también, que intuyó Vallejo en su “Hallazgo de la Vida” y asumió con viril estilo y propiedad nuestro Freddy Chirinos Peña -a quien nos referimos desde el comienzo de este artículo- en su reencuentro de epifanía consigo mismo y con, nuevamente, esa vocinglera parvada razurina 76, tan cara a su corazón, quienes, estoy seguro, rara vez experimentaron el vacío por las constantes ausencias físicas de Freddy  -pues residía hace mucho en Lima- debido a que en cada retorno suyo a la buena tierra, dejaba en cada uno de los buenos amigos, inacabable “material” de vida, producto de su magnética personalidad irresistible y por cuya razón no le habrían “perdonado” este gran golpe maestro, de súbita audacia, hacia la merecida inmortalidad sin haberse despedido de ellos antes.

Aquí me toca aclarar que con este valor sampedrano no tuve el privilegio de un trato fluido en estos últimos tiempos, lo que, evidentemente, creo, no es óbice para haberlo intuido y advertido como lo que fue y seguirá siendo en el consenso de su pueblo sencillo, el mismo que le tributa en esta hora de los adioses sin haberse ido realmente “nadie” nunca, su más respetuoso silencio-homenaje, acompañado tal vez de un mal disimulado sonrojo, pues dígase lo que se diga, es ya inveterada costumbre de las colectividades, aún de las más esclarecidas y mejor organizadas, omitir reconocimiento oficial a sus símbolos cuando están vivos. Empero, está sentenciado que nada de lo humano nos es ajeno, y nada recrea mejor la naturaleza íntima de nuestra especie que cuando hurtamos una lágrima a la cara y, ya sea a pleno sol de mediodía o al esplendor de luna llena, para depositarla, conmovidos, sobre las cenizas del gran ausente.

Por mi parte, y con la licencia de quienes estuvieron con Freddy en las horas del ensueño y de juventud tonantes, y en las otras que, apenas si cabe nombrar, arropadas entre las sombras mordaces del cilicio y la amargura, derramo la mía, así, paso a paso, rumiando la vejez y su inseparable soledad, bajo la celeste fronda vesperal de las noches eternas, mensajeras de arrebatados misterios, prima donna de sus silencios.

Voz de

Guillermo Vergara García