El día del libro entre bibliófilos
Para celebrar el día del libro no hay fecha ni lugar. Puede ser en un café, una plaza, un boulevard, bajo unos portales; mas cuando dos o más bibliófilos se encuentran uno de esos días, de inmediato toman posesión del sitio, levantan con la rapidez de sus mentes cuatro indestructibles paredes de libros y se encierran dentro de ellas para tratar de algo que les es imprescindible, necesario, impunemente adictivo: los libros.
Al libro se le puede abordar de muchas maneras y siempre habrá mucho que hablar de él. No es exagerado afirmar que si acaso un bibliófilo ha adquirido una casa o un auto, preferiría hablar del más reciente modesto libro que obtuvo. Lo haría porque él necesita hablar de libros. Contradiciendo a Maslow, este preciado bien está en la base de su pirámide de necesidades.
No hay bibliotertulia más animada que aquella donde se cuenta el gran logro de haber conseguido finalmente, después de persistente búsqueda, peripecias e intentos fallidos la adquisición de un libro que tardó mucho en llegar a nuestras manos. Hay libros que se tarda años en tenerlos. Hay libros que al no tenerlos causan sensación de vacío. Es el desposeer del bibliófilo. Poseer ese "bien esquivo" es un reto, una larga conquista digna de narrarla entre bibliófilos.
Cuando una editorial hace una edición impecable o impensable por mucho tiempo de la obra de nuestro autor medular, entonces sí que es para conversarlo celebradamente. Este punto puede conducirnos a ocuparnos del empastado (de tapa blanda o tapa dura), del diseño, de la calidad del papel, de la traducción, del tamaño de la letra, en fin… También salen a relucir los nombres de las editoriales: Anagrama, Acantilado, Espasa, Lumen y hasta aparece una desconocida que se atrevió a hacer algo que las consagradas nunca lo hicieron: editar unos magistrales cuentos olvidados o un lúcido ensayo que hoy de repente cobra vigencia porque la historia es pendular: va y viene.
Los libros que perdimos porque cometimos el error de prestarlos, aunque volveríamos a cometer la misma ingenuidad porque los bibliófilos también tenemos margen de error. De esas grandes pérdidas conversaríamos con arrepentimiento; pero las olvidaríamos prestamente si aparece en el coloquio Borges con sus Ficciones, luego ingresaría Fernando Pessoa provisto de sus múltiples personalidades, también Eguren pintando el horizonte nebuloso con versos de colores y figuras, y seguirían emergiendo los que recrearon el mundo y el submundo, los exégetas de la realidad desapercibida…
El tiempo literario se desintegra como hojas de libros dispersadas por el viento porque irrumpe el tiempo de las obligaciones cotidianas, las cuatro paredes de libros desaparecen, los bibliófilos se despiden, se alejan y ninguno tiene un libro en la mano, durante toda la conversación que duró siglos no hubo un solo libro. No necesitan libros para hablar de ellos ni necesitan una fecha para celebrar el Día del Libro porque el libro es una celebración de toda la vida.
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