Nuestra Educación, Ayer y Hoy
Que lamentable es ver hoy cómo se ha desgastado, maltratado y olvidado lo que realmente significa Educar.
En estos últimos años, nuestros gobernantes y personas responsables de la educación de nuestros niños y jóvenes, han desvirtuado totalmente el concepto de educación y sólo se han limitado a la marqueteada enseñanza, que es lo que les da lucro y una abundante economía, maquillada de medallas, galardones y honores.
Qué triste y decepcionados nos sentimos como sociedad, ver a nuestros jóvenes sin una muestra de civismo, de respeto y menos de educación, que es la única tabla de vida en que su aprendizaje y su práctica los llevará a ingresar a un mundo de principios y valores, que nos hace y nos convierte a los seres humanos en hombres correctos y de bien.
Cómo nos duele ver hoy en los buses, en las instituciones, calles, y en todo lugar, jóvenes y adolescentes, tener por imposición la preferencia de asientos, justificando haber llegado primeros, sin importarles la dolencia, cansancio o enfermedad del adulto mayor que está a su costado.
Que impotentes nos sentimos ver a nuestros jóvenes con sus motos invadir las veredas, porque necesitan ganar tiempo y porque el tránsito en hora punta no les permite avanzar, atropellando a todo peatón como obstáculo de paso.
Qué vergüenza sentimos ver a nuestros policías que son los que nos deben enseñar educación vial, pasar en rojo, voltear en u con señales de prohibido, y el colmo, manejar ebrios y con patrulleros sin placa y sin luces.
Cómo nos debemos sentir ver a nuestros educadores, nuestras autoridades y nuestros padres de la patria hablarnos a diario de educación y respeto, mostrándonos como ejemplo de ello su impuntualidad o ausencia en cada compromiso de presentación anunciada con fecha y hora, justificando sus actos en sus investiduras, sin importarles ni menos imaginarse la gran impaciencia y tolerancia de los que los esperan.
Cómo nos cambia nuestro estado de ánimo, cuando llegamos a una institución, entidad financiera, empresa, estatal o privada, y sonrientes y respetuosamente saludamos con un buenos días, o un buenas tardes, y una joven o joven después de dejar su "celu" nos responden ¿qué quiere?
Y qué sucede cuando prendemos nuestros televisores y buscamos canales locales, esperando ver algún programa cultural, musical o de historia, nos quedamos atónitos viendo a presentadores que han transformado nuestro lenguaje limpio y preciado, por uno obsceno plagado de vulgaridades y léxico inentendible.
Y en nuestros hogares, niños y jóvenes de mala conducta, atrevidos y violentos con sus padres, reinciden justificando su innoble comportamiento, gracias al incuestionable diagnóstico del terapeuta y joven psicólogo, que dice ser parte de su conducta y de los nuevos términos médicos "hiperactivo o bipolar", donde limita a los padres aconsejar y reprochar, bajo amenaza de ser denunciados a ese gran organismo municipal llamado Demuna.
Sería extenso comentar lo que nos sucede a diario a cada uno de nosotros y seguro de ello, me atrevería a predecir que no deja de ser reprochable y lamentable.
¿Qué pasó con nuestra educación de ayer? ¿Quiénes fueron los genios que la llevaron al baúl de los recuerdos?
Quisiera retroceder el tiempo, y recordar con orgullo mis inicios de transición, desde mi maestra del libro Coquito en la primaria, mis profesores de educación cívica, religión y premilitar en la secundaria, hasta mis profesores de universidad, donde aprendí y me enseñaron con la práctica, lo que era el orden, la responsabilidad, el respeto, el civismo y todo lo que encierra y lo que es la educación.
¿Cómo no recordar y escuchar a nuestros padres, exigiéndonos respetar a nuestro maestro y llevar a la práctica sus enseñanzas? ¿Cómo olvidar las notas de mala conducta, tardanza y expulsiones por nuestro mal comportamiento, que hoy se ha quedado en el olvido por esta llamada moderna educación? ¿Cómo no recordar al sargento policía de la esquina, que era el Señor Sargento y el que infundía en su uniforme la autoridad, bien designada y merecida, por su atención, respeto y honradez?
¿Y cómo no recordar nuestro hogar, donde nacimos, crecimos y vivimos con buenas enseñanzas, con principios, valores y amor a nuestro prójimo, y que ha significado y ha sido la base de nuestra buena formación, y gracias a ello nos ha convertido orgullosamente, en hombres sólidos, correctos y de valores?
En los últimos tiempos nuestra llamada educación sólo se ha limitado a enseñarnos cifras, metas y logros nada convincentes, mostrando estadísticas con una educación de gran avance como la última anunciada, donde nuestro país superó a nuestro hermano país de Brasil con el puesto 61, desplazándolo a éste al puesto 62, un lugar del que todos nos debemos sentir orgullosos.
Pero nos seguimos preguntando, dónde está esa buena educación que nos cuentan, seguimos viendo a nuestros jóvenes que poco a poco están perdiendo los sentidos, ya no hablan, ni escuchan, por estar todo el día con audífonos en los oídos y con los celulares pegados a sus pulgares como si fueran marionetas, ya que su condición de nativos digitales los justifica, pero lo grave de todo esto y su falta de atención e integración a la sociedad, los está llevando sin que nada y nadie haga algo por ellos , en convertirse en los zombies que vemos en las salas de cine.
A todos los que somos padres, abuelos y muchos bisabuelos, solo nos queda inculcar con nuestro ejemplo, a nuestros hijos, nietos y bisnietos, a que aprendan la difícil tarea de aceptar e incorporar en su agenda de vida, esa preciada hoja de principios y valores, que es lo único que los va a llevar a conseguir, que sean los hombres que nuestra sociedad desea.
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