Dos Golpes, Dos Anhelos
El final del mes de marzo ha sido muy duro para nuestra familia. Creyentes como somos hemos aceptado con resignación, pero también con mucho dolor, la partida de dos seres que fueron notables e inagotables fuentes de sapiencia. El veintinueve de marzo el querido tío Carlos Ruiz Luna fue llamado al paraíso - merecido lugar para él - y su cuerpo pasó a estado inmóvil sin haber conseguido ver culminado un propósito, cual es el volver a hacer de Pacasmayo un importante puerto. Ese anhelo del tío Carlos es en realidad un encargo para todos los pacasmayinos. Él era un permanente preocupado por el retorno de nuestro distrito a la notoriedad y supremacía que tuviera hasta el principio de los setentas. El tío Carlos nunca arrió bandera; investigaba, buscaba foros para exponer sus ideas, realizaba gastos perjudicando su esmirriada pensión de docente jubilado; era un apasionado del tema, y cuando uno lo veía desbordar de entusiasmo provocaba ternura la pasión que demostraba. Pero se marchó. En busca del aromático y celestial café de su madre, la abuela Catita, y seguro va a interceder ante el Señor por el muelle de Pacasmayo y probablemente su anhelosea una realidad que las nuevas generaciones cumplirán.
El tío Carlos nunca arrió bandera; investigaba, realizaba gastos perjudicando su esmirriada pensión de docente jubilado; era un apasionado del tema.
El último día de marzo la muerte regresó con su tenebroso manto y cubrió a mi padre, Segundo Ruiz Luna, el hombre que, por encargo de su hermana Alejandrina, mi madre biológica, nos acogió en su hogar, y también en su corazón, a mi hermana Maritza de cuatro años y a quien suscribe esta nota, que por entonces tenía la edad de ocho meses, con el apoyo de mi padre natural, Juan Gómez,quien respetó el encargo de mi madre y se mantuvo muy cerca de nosotros, tanto que hoy es el mejor amigo con el que cuento.
Segundo, el "Chiquito" Ruiz, fue disciplinado, responsable, previsor, y los años lo fueron dotando de la sabiduría clásica de los hombres que se maceran con el trabajo, el servicio y las experiencias. Mi padre era un hombre de convicciones firmes, militante de un solo partido, el PAP - aun cuando la ley no le exigía nunca dejó de ir a marcar sus estrellas- se emocionaba con los logros ajenos y se condolía de la desgracia del prójimo, pellizcaba su pensión para ayudar a ciertas personas, y lo hacía con la determinación del sol, pues iluminaba pero no se dejaba tocar. Muy bien acompañado por su esposa, doña Angelita Palma a quien con justicia llamamos mamá ¡Y vaya si lo es!
Mi padre platicaba conmigo mucho, nos trenzábamos en recias discusiones, defendía con ardor sus ideas, discutíamos siempre porque él estaba en favor de la pena de muerte (a la cual soy adverso), me sorprendía escuchar que un hombre de 96 años, proveniente del siglo pasado, esté a favor de la unión civil. Pero de lo que más hablábamos era del Partido Aprista, se preocupaba mucho por nuestra casa política, me contaba que él vendió "La Tribuna" y el "Chan Chan", que lo escuchó a Haya de la Torre cuando discurseó desde un balcón del otrora hotel "Perú". En esas tertulias, en medio de las cuales yo le leía los discursos de Haya, Seoane, Armando y otros titanes del partido, me decía añorante, preocupado: ".tenemos que volver al APRA de los locales llenos, donde los viejos conversen con los niños y jóvenes y les cuenten la grandeza del partido ¡Carajo muchos están allí por ambición!...". Papá supo antes de morir que el partido ingresaba en una etapa electoral para renovar sus cuadros dirigenciales, me dijo (nos dijo), "…elijan bien, basta ya de improvisados que solo piensan en ellos, Haya de la Torre les entregó un hermoso partido y miren lo que es ahora…". ¡Qué difícil encargo papá!
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