Guadalupe y el tamarindo de 150 años de la “Estación del Tren”

Tamarindo de guadalupe

 

 

Guadalupe tenía dos árboles de tamarindo, testigos emblemáticos de los romances, promesas, y despedidas de nuestros bisabuelos. En los meses de verano era infaltable que los muchachos treparan por sus troncos para coger nidos, samaquear sus ramas y recoger los frutos. 

Uno, el primero estaba en El Cafetal, sitio de paseos dominicales de aquella juventud que se fue hace décadas. Fue talado por el hacha de Julián Castañeda, leñador muy conocido y solicitado por la leña para las cocinas del pueblo, de quien escribió José Vicente Rázuri “Lata” en una preciosa crónica, en su libro “Pacasmayo y sus hombres representativos” (1947). El otro, sembrado al mismo tiempo, sobrevive y es testigo de muchos acontecimientos de los últimos ciento cincuenta años. 

Justamente en estos días, este árbol de tamarindo cumple un año más de vigencia histórica, 150 años. 

No sabemos el día del año 1874; pero fue cuando se inauguró el primer tramo de la estación del tren Guadalupe – Pacasmayo, con la llegada de los primeros pasajeros del valle, que se desplazaban mañana y tarde, en especial para la romería de la Virgen Nuestra Señora de Guadalupe. 

El 25 de octubre de 1881 el tamarindo fue testigo de la valentía y resistencia de Belisario Valera y sus 200 “chorrocas” enfrentando al invasor chileno. Tres días después, el 28 de octubre de 1881, vio pasar a los hermanos Fernando y Justo Albújar, y a Manuel Guarniz rumbo al paredón. Testigo fue de la revuelta en Guadalupe por la prohibición de la “Feria de la Virgen”, los días de la endémica peste bubónica, con la llegada en sus vagones de la tropa del cuartel de San Pedro de Lloc, para poner orden ante los desmanes. 

El tamarindo dio la bienvenida y despedida a siete generaciones.  

Tamarindo de guadalupe

Alto, de copa frondosa, de pie, como esperando -en la Estación- la llegada de Andrés A. Cáceres, Manuel Pardo y varios candidatos presidenciales; Abraham Valdelomar, Julio C Tello, Alcides Spelucín, Antenor Orrego, y otros conferencistas que figuran en las páginas célebres de la intelectualidad nacional, esperando a las orquestas de cámara, y también a los circos con sus leones y trapecistas instalados allá junto a La Bóveda y la calle Mazantini. 

Cuánta historia conocerá, de aquella que nos contaban los abuelos, en estas fechas próximas a la romería de la Virgen y feria comercial, en una tradición de diálogos familiares que se compartían mientras nos lamíamos los dedos con la miel de los buñuelos. El mío me contó que llegó en el vagón, desde San Pablo, a los 10 años de edad (1874); tal vez en el viaje inaugural de la vía férrea, y ya estaba sembrado el tamarindo. 

Con los años fue sombra del viajero y aparcadero de carruajes que esperaban pasajeros para su traslado a las haciendas y Pueblo Nuevo. También es testigo de las tardes de verano, de las promesas y juramentos de los enamorados, de visita obligada en las gincanas de Fiestas Patrias, de retretas y desfiles por el malecón y comercio por la calle Ayacucho, por entonces jirón del comercio más importante en Guadalupe. 

Una tarde, manos extrañas desarmaron la casa de madera tipo californiano de la Estación, y se llevaron los rieles y durmientes. La locomotora se marchó para siempre. Nuestro tamarindo se fue quedando solo. En el nuevo espacio se construyeron otras casas. Un neurótico recién llegado le prendió fuego para matarlo porque las “hojas ensuciaban la vereda de su casa”. Los  vecinos, los niños, que recogían tamarindos protestaron y salieron en su defensa.  

Las autoridades locales le construyeron una plazuela. 

Con vigilancia de los vecinos, aunque debilitado, el tamarindo se mantiene de pie y da frutos. Se niega a morir. Cuando lo visito, me parece escuchar canciones jugando la ronda y me veo tentado a comer sus tamarindos, lo que hago de inmediato. Gracias bisabuelo, abuelo, padre, amigo… Gracias tamarindo por acoger a tantos niños, niños que crecimos, que se fueron, pero seguro vendrán nuevos por 50 años más a recoger tus frutos. Dicen los biólogos que tu especie puede durar 200 años.

Voz de

Jaime Deza Rivasplata