Escribir en papel




Hoy, que se escribe sobre una pantalla interactiva, cuánto añoro hacerlo sobre un papel.

"Voy a escribir una carta. Salgo de casa inventando una excusa. Ya en la librería pido papel para carta y el sobre; doblo cuidadosamente el papel por las puntas extremas y sujetándolo con dos dedos voy a casa luchando contra el viento para que no me las arrebate. Por suerte, hay poca gente en las calles, así no tengo que dar explicaciones sobre mi carta que aún está impoluta.”

Mamá está cosiendo, lo sé, por el rítmico sonido de su máquina de coser que me acompaña hace varios años. Entro corriendo para que no vea lo que llevo "entre manos".

—¿Hijo?

—Si mami, soy yo.

Me siento al borde de mi cama, estiro el papel sobre la mesa de noche que será mi confidente. Lapicero en mano, medio doblado, comienzo a poner la fecha, noto que el fino papel, al pie, lleva el dibujo de un avión —esta carta no viajará en avión, pero, igual llevará como pasajeros a mis soñadores pensamientos— ¿Cómo comienzo a escribir? Mi duda no es por dónde comenzar, tengo tanto por decir, que no me cabe en el pecho y mi corazón se hincha, parece ocupar todo mi cuerpo. Quiero ser cuidadoso, que mi mensaje llegue con delicado apasionamiento. No quiero asustarla, comienzo a dibujar mi letra sobre el blanco lienzo, parece una playa tersa y lisa. Letra a letra voy dejando en ellas mis íntimos sentires que se abrazan con las hebras del papel.

La ansiedad avanza a todo galope, con la claridad que mi pasión guía empiezo a elegir las palabras. No puedo equivocarme, no puedo borrar, no existe corrector automático. En cada trazo de mi letra plasmo la inmensa ternura que me inspira, escribo con mi mejor letra para que acaricien sus ojos y toque su corazón. Con algunos párrafos avanzados, me echo en la cama a releerlos. El solo imaginar que ella leerá mi carta me llena de gozo, hace que me levante y prosiga mi escritura.

Escribo de corrido, es mi sangre la que dicta y las pausas, las da mi corazón cuando en ella piensa. Al ver que la carta va reflejando poco a poco mi anhelo y al soñar que ella también la tendrá entre sus manos, hace que salte de gozo en la cama y vuelva a leer la carta que ya no es tan mía.

He terminado, pero recién comienza mi angustia.

—¿La leerá? Aunque sea por curiosidad.

—¿Le gustará? —Soy capaz de hacer cualquier cosa, si le gusta.

—¿Me contestará? —El cielo se abriría y los angelitos bajarían de él.

Entonces, una negra muy negra nube de incertidumbre empieza a cernirse en mi espera.

—¿Si se ríe de mi carta?

—¿Si la bota?

—¿Si la muestra a sus amigas y se burla?

Qué dolorosa puede ser una espera. Casi, cómo cuando la flor espera el nuevo día para recibir los rayos del sol que la harán destellar.

Solo queda... esperar.