Antonio y la Sardina

Noei y antonio

 

 

A fines de los años 60, cuando yo era profesor de secundaria en Pacasmayo, convoqué a un concurso de poesía entre mis alumnos. Lo ganó un estudiante llamado Antonio Escobar Mendivez. Su poemario se titulaba “Mi amada, la sardina”.

Era aquel libro un conjunto escrito con la velocidad, la brevedad y la gracia de Pablo Neruda. Se advertía que la sardina era una joven real que tenía obnubilado al poeta.

Apenas terminó el año escolar, Antonio y la sardina se casaron. Ella se llamaba Noemí Arana Cortez, y juntos fundaron una hermosa familia y una editorial llamada Runakay.

Aunque la gente suele pensar que solamente hay casas de edición en la capital de la República, Antonio y Noemí la hicieron en el pueblo de Jequetepeque y llegaron a publicar unos 200 libros. Sus límites económicos obligaban, eso sí, a que el aparato de impresión fuera un mimeógrafo y el papel, todo el que podían conseguir por donaciones.

A veces, Antonio me escribió pidiéndome permiso para reproducir con el mimeógrafo algunos de mis libros, y yo se lo otorgué contento porque creo principalmente en el derecho del lector.

“¿No crees que te estoy pirateando?”, me preguntó una vez. Y yo le aseguré que esa palabra había sido inventada por gente roñosa. Gracias a su editorial he podido encontrar mi libro “Sarita Colonia…” invadiendo las puertas de las iglesias limeñas donde se venden estampitas.

Runakay significó una promoción cultural para jóvenes creadores de la provincia y luego del departamento. Por fin, abarcó todo el norte del Perú y algunos países vecinos. 

Hay que pensar en las dificultades que esa aventura implicaba para la pareja, pero las enfrentaron con alegría y lograron que sus libros pudieran llegar a los que menos tenían y ser escritos por quienes no cuentan usualmente con la suerte de ser publicados.

Runakay, que significa “mi gente”, sigue viviendo, pero su fundadora e inspiradora, Noemí, va a ser sepultada el día en que escribo este artículo en su memoria (2 de diciembre).

Eso me hace recordar algo más. Junto a sus amigos Elqui Burgos y Andrés Ulfe, Antonio publicó en su último año colegial una revista cuyo primer número estaba dedicado a William Shakespeare.  Obviamente, la publicación estaba hecha a mimeógrafo. El lápiz prodigioso de Escobar había reproducido un retrato del autor de “Romeo y Julieta” de una forma tal que parecería estar vivo y capaz de escribir más tragedias.

Casi las escribió porque, la misma tarde en que apareció la revista, un grupo policial entró al colegio, se llevó la mayoría de los ejemplares y detuvo a los autores nombrados. Los tendrían una semana presos, mientras un agente de la policía les hacía preguntas insidiosas sobre qué significaban las barbas de William Shakespeare. 

En los años iniciales de la revolución cubana, muy poca gente usaba barba, a menos que aquello implicara un compromiso con el cambio revolucionario.

¡Ah, con que barbitas! ¿Qué significa esto?

La estupidez y la intolerancia, tan comunes en la historia peruana de nuestro tiempo, felizmente no llevaron a la expulsión del colegio de los tres muchachos.

Los tres alcanzarían después títulos universitarios y uno de ellos, Elqui Burgos, trabajaría en la Sorbonne, de París.

Noemí era también poeta, pero su mayor empeño estaba dado en impulsar las realizaciones de su empresa familiar y los pasos seguros de Runakay. Por lo menos, 200 escritores jóvenes han alcanzado la edición de sus obras gracias a ellos.

Noemí ha vuelto a ser, en el universo de la poesía, una sardina enamorada.

 

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