Marcela Pérez Silva en la presentación de “Manuela Sáenz y la luna de Paita”

Eduardo gonzalez

Fuente: Foto: Difusión

Congreso de la República 

Lima, 28 de agosto, 2026

 

Deseo empezar agradeciendo al senador Saúl Armacanqui Morales, y diciendo que es para mí un honor haber sido invitada a presentar "Manuela Sáenz y la luna de Paita", de Eduardo González Viaña, tan cerca de donde se ubicaba el antiguo Palacio Legislativo, desde donde Simón Bolívar organizó la Campaña Libertadora y en el que —a pesar de lo que les gustaría a sus detractores de ayer y de hoy—, sigue su espíritu de Libertador fraguando nuevas victorias. 

Y lo hago como la nieta de Rosalinda Rebottaro (1906-2008), una paiteña centenaria que al partir de este mundo me heredó su biblioteca, su devoción por la Virgen del tajo en la garganta y su admiración por Manuela Sáenz. 

Vengo también como tataranieta de Petronila Abeleyra y Sotelo (1794-1857), patriota tarmeña quien, como espía, enfermera y guerrillera, se entregó a la causa de la Independencia junto a su esposo —mi tatarabuelo—, el coronel Francisco de Paula Otero Goyechea (1786-1854). Él organizó a las montoneras de la sierra central, lideró el Batallón de Infantería N° 1 a cargo de la retaguardia, y fue responsable del avituallamiento del Ejército Libertador del Perú, al mando de Bolívar. 

Finalmente, debo confesar que vengo en una doble condición: como la más ferviente admiradora de Eduardo González Viaña y como la autora de un verso que, desafiando las leyes del tiempo, hace doscientos años —según revela el escritor en su novela— se deslizó en un papel bajo la puerta de Manuela. Era “una carta proveniente del futuro”, un mensaje que cruzó los siglos para abrazar a la Caballeresa del Sol, a la Capitana de Húsares, a la Coronela del Ejército de la Gran Colombia, a la Libertadora del Libertador. Ese poema mío decía:

"Cabalga Manuela, luna de Paita

cabalga Manuela, pariendo patria".

La pluma bruja de Eduardo González Viaña convoca a Manuela Sáenz Aizpúru (Quito 1797 - Paita 1856), prócer de Nuestra América, y la devuelve a nuestro siglo con la rebeldía intacta. Lista para volver al campo de batalla a seguir luchando “por la completa Libertad de los pueblos de la opresión y la canalla”. 

Encandilados por la bella prosa del autor, revivimos su dura infancia quiteña, marcada por el estigma de haber nacido fuera del matrimonio. Su adolescencia indómita, vestida de varón, practicando esgrima y cabalgando a horcajadas. 

Su temprana pasión por la lectura y por las ideas de la Ilustración que la llevarían a enfrentarse a las convenciones sociales, el poder patriarcal y el orden colonial español. A los trece años, tras haber sido testigo de la masacre de doscientos patriotas en la Plaza Mayor de Quito, Manuela abraza la causa de la independencia y sueña “que algún día habría de volar sobre las montañas de los Andes para conquistar la libertad del Nuevo Mundo”. 

Gracias a la magia de González Viaña nos convertimos en testigos de cómo Manuela aprende “a disparar un mosquete, blandir un sable, usar una lanza” y empuña la espada de Bolívar. La acompañamos a caballo a lo largo de 1500 kilómetros y, desafiando las traiciones de los aliados y los malos augurios de las mariposas, la vemos incorporarse a la división de los Húsares y batirse “a tiro limpio bajo fuegos enemigos”. 

Y, junto con Manuela y sus inseparables Nathán y Jonathás, vuelven a la vida en estas páginas nuestras heroínas: Micaela Bastidas, Tomasa Tito Condemayta, Juana Azurduy, Bartolina Sisa, Gregoria Apaza, María Parado de Bellido, Rosa Campusano, y las silenciadas forjadoras de nuestra Matria Grande, junto a “otros guerrilleros que la gente daba por muertos, cuyos fantasmas seguían empuñando el fusil como seguramente lo harían en los siglos venideros”. 

Hipnotizados por la melodía de su flauta mágica, nos sumergimos en un mundo real maravilloso en el que historia y leyenda conspiran para desafiar el olvido. La sinfonía la completa el contrapunto de pututos, arpas andinas, charangos y tambores africanos; voces que cantan alegrías y pesares en runasimi —la “lengua de la gente”— y en igbo —el idioma de los antiguos dioses del río Níger—. A este coro se suman las guitarras de los aguerridos morochucos, afinadas en temple comuncha, y la de Teresa Túpac Amaru que, afinada en temple diablo, “llama al amor, a la locura y a la rebelión permanente de nuestros ancestros”.

Manuela Sáenz y la luna de Paita es una novela polifónica que, como quería Mijaíl Bajtín, incorpora distintas voces y cosmovisiones. En ella conviven y se entreveran, en una suerte de promiscuidad temporal, las rebeldes voces del futuro con las del pasado milenario.

Se apoderan de la palabra, la toman por asalto, las conspiradoras, los condenados de la tierra, los espectros que “no regresan porque nunca se han ido”, los amores de fuego, las plegarias, los sabios consejos, las invocaciones a Changó, los versos, las declaraciones de independencia, las cartas de amor, las arengas encendidas, las citas en latín, las palabras mágicas y los gritos de combate.

Hablan los árboles y los caballos. Migran, cuando se enamoran, los guayacanes: sus hojas y sus flores se vuelven pájaros; y caminan y caminarán “los seres humanos y las naciones privadas de libertad”. 

Vemos desfilar ante nuestros ojos a Túpac Amaru II, “el monarca insurgente [...] que declaró la libertad de los esclavos antes de que a ningún filósofo europeo se le ocurriera escribirlo”, a Giuseppe Garibaldi, a Ricardo Palma, a Herman Melville y a Simón Rodríguez —el maestro de Bolívar—, quienes llegan en romería a Paita a visitar a Manuela. Junto a ellos, aparecen Diego de Almagro, José de San Martín y el pirata Morgan que huyó derrotado después de que la virreina-gobernadora Ana Francisca de Borja le hundiera el navío de un certero cañonazo.

A estos ilustres personajes los sigue un enjambre sospechoso que parece llegar del futuro: un maravilloso y centenario maestro de música de nombre Celso; un misterioso padre Alejandro, “cuyas ideas —de un Cristo de los pobres— ocasionaban fastidio a los sectores reaccionarios de la sociedad limeña”; un cocinero metido a cura llamado José, que dicen que bautizó a Manuela; una ubicua María Luisa Nuño, confidente de Manuela; y un individuo incierto que responde al nombre de Eduardo Martín.

Las trescientas cincuenta páginas de esta hermosa edición del Fondo Editorial de la Universidad César Vallejo siguen a Manuela Sáenz en el periplo vital que la lleva de la hacienda Catahuango y sus años de formación en el Monasterio de Santa Catalina en Quito (de donde se fuga para vivir una aventura con un oficial realista); a su matrimonio arreglado en Panamá con un inglés aburrido (James Thorne); hasta su vida de casada en Lima, donde se inicia en actividades conspirativas antes de la llegada de don José de San Martín, entre las que figura su intervención en el pase del Batallón Numancia del lado de los patriotas y por la que será condecorada con la Orden del Sol. 

El libro nos narra su regreso a Quito, donde intenta infructuosamente alistarse en el ejército independentista para pelear en la batalla de Pichincha, luego de la cual conocerá a Bolívar. 

Para entonces, Manuela Sáenz tiene ya 24 años y es mucho más que una joven rebelde. Es una mujer política, una ciudadana del Siglo de las Luces, una reconocida patriota, una Caballeresa del Sol. Esta trayectoria brillante, que Eduardo González Viaña nos presenta con rigurosidad histórica, echa por la borda el mito machista que presenta a Manuela como “la amante de Bolívar”. Manuela no es grande por haber amado a Bolívar; Bolívar se enamoró de ella porque ella era ya una mujer excepcional, una precursora, una revolucionaria.

Llegan entonces los años de gloria. De amor y de guerra. Manuela participa en la consolidación de la independencia de Ecuador. En 1824, por su heroísmo en Junín, es ascendida a capitana de Húsares en pleno campo de batalla. En Ayacucho, por solicitud de Sucre, es nombrada coronela del Ejército de la Gran Colombia. En Bogotá salva a Bolívar de un intento de asesinato "y el pueblo comenzará a llamarla: la Libertadora del Libertador”.

Tras la muerte del Prócer, proscrito y traicionado, Manuela es desterrada de Colombia y de Ecuador, y se instala en el puerto de Paita. Tiene treinta y ocho años. Ahí la esperaba la otra gran protagonista: la luna de Paita, cuyas fases estructuran el libro y dirigen las mareas. En la inmensidad de aquel tablazo habrá de morir, veinte años después, durante una epidemia de difteria. 

Cuenta el autor que Manuela se despidió de la vida jurando que América será libre. Que una nueva sociedad se levantará. Que la gran patria latinoamericana será un solo país. Y es ahí, en esa Matria Grande, siempre libre, justa y soberana, por la que combatieron Manuela y mis tatarabuelos guerrilleros, donde los héroes y las heroínas de todos los tiempos nos siguen esperando.

Muchas gracias.

Marcela Pérez Silva 

Sobre el autor

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