Thiago Miranda se fue volando con las hojas

En vano, yo trataba de comunicarme con mi amigo Isaac Goldemberg en Nueva York. Su teléfono estaba apagado.

Tampoco tenía forma de ubicar a mis hijos Eduardo y Anabellí, residentes en la Gran Manzana. Al otro lado de Estados Unidos, en Salem, Oregon, vivía yo y pensaba que el mundo se estaba acabando. Aquí va un recuerdo de ese día. Está contenido en mi libro de memorias El poder de la ilusión.

 

Thiago Miranda se fue volando con las hojas

 

Este es mi recuerdo del 11 de septiembre del 2001, el día de la caída de las Torres Gemelas en Nueva York.

 Una mañana, cuando yo vivía en Salem, Oregon, encontré en mi jardín una brillante y motorizada cortadora de césped, de esas que usan los jardineros profesionales o los más avezados amos de casa.

Se me ocurrió que pertenecía a alguno de mis vecinos, pero no era sí. Por teléfono, uno a uno me fue respondiendo que no era de ellos y que no sabían quién me la había dejado inclinada sobre el arce, al costado de la ventana que da a mi estudio.

Por la noche, me fui a dormir pensando que acaso a la primera hora de trabajo del lunes en que un vendedor muy cortés me llamaría para preguntarme si ya la había probado, e indagar qué me parecía hacerme dueño de ella por una módica suma mensual.

Muchas veces a través de casi una década, Thiago Joseph Miranda de Melo, el jardinero brasilero,  había insistido en que yo debía cortar el césped y dejarle a él los trabajos más especializados. No sé cómo recuerdo ahora su nombre completo porque generalmente lo llamaba Pepe o simplemente, amigo, pensando en Pepe Carioca o en la inagotable simpatía de mis amigos del Brasil. Pocos, entre sus clientes, conocían detalles de su vida porque apenas hablaba un inglés haragán.

“En silencio es cuando crecen las plantas”, me había explicado en portugués y empleando una de las numerosas metáforas vegetales de las que estaba poblada su sabiduría. Inmigrante pobre y casi analfabeto, Thiago había hecho muchos progresos y tenía una empresa propia, pero nunca abandonó los proverbios que había aprendido en la “universidad de la vida y del jardín”: “El invierno llega rápido a los jardineros perezosos”, “La confianza es una planta de crecimiento lento”, “Las manzanas ajenas son las más dulces”, “La fe nos hace sembrar, no la vista” “Nuestros cuerpos son jardines, nuestras obsesiones son los jardineros.” “Las hojas llegan antes que la tormenta, pero la tormenta se lleva las hojas.”.

Nuestro aprecio era mutuo porque, en una ocasión, yo había escrito una carta de recomendación para que su hijo Thiago pudiera ingresar a una universidad en Nueva York, y es justamente allí donde se encontraba en esos días.

En agosto de este año, al cumplir los 70, Thiago Miranda se jubiló, y decidió que su vida se repartiría cada año en visitar a su hija Karina Aparecida, abogada de inmigración en Miami, a Thiago que pronto terminaría sus estudios de ingeniería y por fin a María Elena que ejercía la medicina en Oregon. Sería la primera vez que tendría vacaciones “porque las plantas no las tienen” y también la primera vez que haría tantos viajes, ya que solamente se había subido en un avión tres o cuatro veces en toda su existencia porque, según él, “los árboles no se mueven y las hojas no viajan en avión.”

¿Qué andaría haciendo Thiago, allá en la isla de Manhattan, en esos días difíciles?  Y ¿de quién sería la podadora de césped? A las 8 de la mañana tuve la respuesta.

El 11 de septiembre, muy temprano, Thiago y su hijo salieron de Queens y fueron al centro de la isla, a las Torres Gemelas que el muchacho quería hacerle conocer las torres al mismo tiempo que invitarle un desayuno en la cafetería de uno de esos edificios en la que trabajaba para financiar sus estudios universitarios.

María Elena me llamó para decirme que el aparato que brilla en mi jardín es mío. Al jubilarse su padre, vendió la maquinaria, pero reservó algunas de las herramientas para obsequiarlas a los clientes que más estimaba. Iba a dármela a su regreso de Nueva York, pero de allí nunca regresará porque “las hojas no viajan en aviones” y porque Thiago y su hijo, nunca salieron de la cafetería en una de las torres el 11 de septiembre del 2001. Se transformaron en hojas y en recuerdos que darán vueltas, vueltas y vueltas por el universo, y tan solo habrán de regresar cuando la muerte sea derrotada, y otra vez esté aquí la primavera.

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