Pedro Paulet, el peruano que nos espera en la Luna
Esta ha sido la semana de la Luna: la misión Artemis II inició su sobrevuelo alrededor del satélite, en el primer encuentro tripulado en más de 50 años.
Los cuatro astronautas de la NASA, a bordo de la nave Orion, rompieron el récord de distancia alcanzado por humanos mientras cruzaban la cara oculta de la Luna.
Esto ocurrió el domingo. El lunes la misión Artemis II vivió su instante más decisivo. La cápsula Orión, con cuatro astronautas a bordo, ingresó en un sector que bloqueaba toda comunicación con la Tierra.
Durante cuarenta minutos, los astronautas estuvieron totalmente aislados de su planeta de origen. No se sabía por completo si después de atravesar por la cara oculta, emprenderían el viaje de vuelta o se perderían por los espacios siderales.
Sin embargo, todo se cumplió como estaba calculado y la tripulación comenzó a retornar a la Tierra después de haber alcanzado la mayor distancia recorrida por seres humanos en la historia.
Es una gran noticia. Y es mayor para los peruanos porque un compatriota nuestro, Pedro Paulet (Tiabaya, Arequipa, 1874 – Buenos Aires, 1945), ofreció a la ciencia los instrumentos científicos para que los humanos pudiéramos dar un salto hacia el universo.
Sus primeros estudios e investigaciones datan de comienzos del siglo XX. Sin embargo, el científico Wernher von Braun, quien hace medio siglo asumió el liderazgo de la investigación espacial, consideró a Paulet como el Padre de la Astronáutica y el hombre que hizo el mayor aporte para que pudiéramos salir de aquí.
Según expresó en broma a un joven periodista: “No me extrañaría que el señor Paulet haya vivido un tiempo en la Luna”.
Paulet fue un sabio a quien se puede llamar en verdad multidisciplinario puesto que a la vez era ingeniero que arquitecto, mecánico, químico, economista, geógrafo, diplomático, escritor y periodista.
Su aporte concreto a los vuelos espaciales fue la construcción del primer motor cohete impulsado por propelentes líquidos (peróxido de nitrógeno como oxidante y gasolina como combustible).
Era estudiante de ingeniería química en La Sorbona de París, cuando diseñó y produjo ese motor que pesaba dos kilos y medio y ejercía una presión de noventa kilos, al mismo tiempo que producía trescientas explosiones por minuto.
El vehículo de Paulet no requería de hélices ni de planeadores. Tendría elevación vertical y planeo horizontal. Ese modelo es precursor del Ala Delta, así como de los aviones Mirage y Concorde que fueron fabricados por los franceses y los ingleses durante la Segunda Guerra Mundial.
Allí no quedó su trabajo. Para 1933, Paulet quien ya había trabajado como cónsul en una decena de ciudades europeas y asiáticas, estaba produciendo un mapa de lo que debía ser la nueva Lima. Si el proyecto de Paulet se hubiera realizado, el río Rímac habría cambiado de curso, siete avenidas habrían surcado Lima y en la ciudad podrían haber hecho servicio aviones e hidroaviones.
Hace unos días escuché una charla sobre los proyectos urbanísticos del sabio. La ofrecía el arquitecto Andrey Quiñones. Una señora le preguntó si habría un lugar especial para niños. “Toda la ciudad lo sería porque sería la ciudad de la fantasía”, le respondió.
La otra dimensión que Paulet ya anticipaba como peligrosa era la urbanización por invasión que es la que de veras se ha producido de forma caótica en la capital durante la segunda parte del siglo XX.
El rostro del sabio de Tiabaya fue conocido por todo el mundo cuando la NASA lo difundió en una estampilla del correo de los Estados Unidos. Eso ocurrió en 1974 al cumplirse el centenario de su nacimiento. En el Perú, además, un billete de cien soles lleva el rostro de nuestro sabio.
Von Braun había dicho también que Paulet cumplía las fantasías de Julio Verne y de todos los niños. Eso me hace recordar que, cuando tenía diez años, mi vecino y yo juramos ser los primeros peruanos en llegar a la Luna.
A los quince años, mi amigo Carlos Cabrejos se alistó en la FAP y solía sobrevolar nuestro pueblo en vuelos de aprendizaje. Su madre le dijo a la mía: “Creo que, de nuestros hijos, Cayito está más cerca de la Luna”. Mi madre la contradijo: “Eso no es cierto. Eduardo ha estado en la Luna toda la vida”.
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