Día del Periodista
El Perú ha sido escenario recientemente de una serie de alarmantes iniciativas legislativas, hostigamiento judicial y campañas de desprestigio dirigidas contra medios independientes.
Rosa María Palacios, cuyo espacio veo todos los días, está siendo hostigada por grupos de gritones que se apuestan frente a su casa y le arrojan materias fecales. Y por el alcalde López Aliaga quien, además, da la idea (o la orden) de “cargárselo” al periodista Gustavo Gorriti.
En homenaje a Rosa María y a Gustavo, que nos honran, y a todos mis colegas, publico este texto acerca de mis primeros días como periodista cuando había cumplido 21 años y trabajaba en “Expreso” de Lima.
Por Eduardo González Viaña
Yo, periodista, confieso mis culpas
Anita Fernandini de Naranjo no fue electa alcaldesa de Lima, pero fue la primera mujer en llegar a ese cargo. Llegó a la municipalidad por designación de una junta militar (1962- 63) que ansiaba atraerse las simpatías de las mujeres y de las clases a las que doña Anita pertenecía, pues era hija del poderoso minero Eulogio Fernandini de la Quintana y era considerada la mujer más adinerada del Perú.
El día y la semana del periodista me la trae al recuerdo porque fue gracias a ella que gané una primera página de “Expreso” cuando apenas llevaba una semana allí como reportero.
Gobernaba el Perú entonces un triunvirato militar. El año anterior, los golpistas habían asaltado el palacio unas semanas después de las elecciones y luego de vetar al candidato del Apra, Víctor Raúl Haya de la Torre.
¿Qué ocurría en el Perú? En muchas iglesias de América Latina se difundía por entonces un comunicado en el que algunos católicos “piadosos” culpaban de los males del mundo a las atrevidas ropas de baño, a los generosos escotes, al descocado Pérez Prado y al reciente apogeo de la minifalda.
Había que hacer algo, decían los limeños pacatos, y por fin apareció la persona que buscaban.
Recia moralista, la alcaldesa decidió por fin lo que iba a ser su golpe de gracia. Condenó el desnudo. Aparte de que algunos limeños piadosos y observantes tuvieron que ponerse un pijama grueso durante el caliente verano, la señora prohibió que los cines y las boites ofrecieran espectáculos de striptease
En lo demás, la señora Fernandini hizo exactamente lo que de ella se esperaba. O sea nada importante. Se preocupó por la limpieza de la ciudad. Expropió terrenos para una basílica que nunca se llegó a construir. Condecoró a la Virgen del Carmen y le entregó las llaves de la ciudad.
Por fin, hizo de conocimiento público una canción sagrada que había escrito durante las sesiones del municipio, y que se titulaba “Plegaria al Señor de los Milagros.”
Mi amigo, el artista gráfico José Bracamonte Vera, me contó entonces que los enviados de la alcaldesa habían llegado a la Escuela Nacional de Bellas Artes para velar los cuadros en los que aparecían mujeres desnudas y obligar a las modelos a que usaran un recatado calzón.
Era yo un jovenzuelo reportero que recién había obtenido la libreta electoral. Hacía calle en el diario “Expreso”.
Avisado por Pepe Bracamonte, me puse de acuerdo con un excelente reportero gráfico a quien llamaban “Reflejos” y salimos a conversar con mi amiga Elsa Moreno. Ella aceptó encantada lo que le proponía y decidimos sincronizar nuestras acciones
Al día siguiente, el fotógrafo y yo nos dirigimos hacia la municipalidad de Lima. Allí esperamos a que terminara la sesión y a que saliera la alcaldesa a quien yo debía entrevistar.
La primera dama de Lima aceptó conversar conmigo. No había advertido que detrás de ella había una bellísima muchacha cubierta con un lujoso abrigo de piel. Era mi amiga bailarina, y la había comprometido yo para cometer esa maldad.
Mientras la señora hablaba y gesticulaba, la bonita Elsa Moreno se quitó el abrigo y posó desnuda tras de la primera autoridad para el travieso lente de mi fotógrafo.
Obviamente nos detuvieron. Obviamente le quitaron los rollos a “Reflejos” y se los velaron. Obviamente, él se quedó con el verdadero. Después de unas horas de detención, llegamos al periódico convertidos en héroes de la libertad de prensa. La primera página del día siguiente nos consagró. En el día del periodismo que debería ser el de la libertad de conciencia, confieso mis culpas.

