Bruno Portuguez, retrato de un gran pintor

Bruno maestro by eduardo gonzalez viaña

 

 

Bruno Portuguez aprendió dos cosas al comienzo de su vida. Una de ellas fue usar el cordel y el anzuelo como lo hacía su padre en Chorrillos.

La segunda, o tal vez la primera, fue pintar. No ha habido día en que dejara de hacerlo. A él y a sus trece hermanitos les obsequiaban estampas religiosas en la iglesia, y Bruno comenzó a intentar reproducirlas. Vale decir que sus primeros maestros de artes plásticas fueron Leonardo Da Vinci, el Veronese, el Greco, los autores de aquellos íconos religiosos.

Su padre era “pintero”. Usaba una breve chalana en la cual el pequeño Bruno lo acompañaba. Por la tarde, llegaban de regreso a casa cargando pintadillas, chitas, lenguados y corvinas. Aparte de lo que se consumía en la olla familiar, don Enrique Portuguez solía llevar su producto a un vendedor que tenía un puesto en el mercado de Chorrillos.

De aquel recordará Bruno sus conversaciones:

— ¿Qué piensas ser cuando seas grande?

— Pintor.

— Y entonces, ¿de qué vas a vivir?

En el colegio, empezó a reproducir los rostros de los personajes de la historia peruana según él los imaginaba. Año tras año, comenzó a ganar los primeros puestos de aprovechamiento, pero eso no le bastaba. Quería ser un pintor y retratar a toda la gente que admiraba.

Un día, llegó a la escuela el famoso pintor Teodoro Núñez Ureta. Estuvo con los niños más o menos una hora y les contó la magia y las desventuras de ser artista en el Perú. Después de ese tiempo, se quedó concentrado en algo que estaba trabajando mientras los estudiantes hacían lo propio.

No les mostró a aquellos lo que había dibujado, pero premió un retrato de Túpac Amaru que había sido hecho el pequeño dibujante de seis años Bruno Portuguez Nolasco, tal como él se imaginaba al primer libertador del Perú.

No se volvieron a ver.

Sin embargo, treinta años después, ocurrió un acontecimiento mágico. Superando los problemas de su pobreza, Bruno se había graduado en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Allí alcanzó a manejar diversas técnicas como el óleo, el carboncillo, la tinta y el acrílico, en diferentes formatos.

Pero no estaba satisfecho con lo que había aprendido ni con lo que entonces hacía. “Quiero pintar el alma”, se dijo, aunque pensaba que no lo había logrado.

Un día, derivó hacia el retrato y consideró que aquella era la mejor manera de expresarse. Según declaró alguna vez: “El retrato es lo más difícil de desarrollar en la pintura, pero es a su vez lo más elevado e intenso”. Muchas de las colecciones que ha pintado lo convierten, en nuestro tiempo, en uno de los retratistas más importantes de nuestra América.

Justamente, este 17 de junio va a presentar el libro “Retratos de Viento y de Fuego 4”, que contiene 150 retratos nuevos de próceres, intelectuales y artistas de América en el Centro Cultural Ccori Wasi de la Universidad Ricardo Palma a las 6.30 pm. (Avenida Arequipa 5198)

Volvamos a lo que ocurrió treinta años después de su experiencia en la primaria. Bruno acudió a una muestra del ya consagrado Núñez Ureta, y allí se encontró con una sorpresa. Entre los cuadros, destacaba el retrato de un escolar, que había sido pintado en 1960

“Ese niño era yo”, confiesa hoy Bruno. ¿Qué hizo entonces?... Se acercó a saludar a Núñez Ureta, y le dijo:

— Maestro, le pido que me conceda aquellos 20 minutos en que yo fui, de niño, su modelo. Pose usted ahora para mí, por favor.

Así fue. No intercambiaron almas, pero dos grandes artistas del Perú se hicieron eternos, uno en el pincel del otro.

Sobre el autor

Prensa

Somos un equipo de periodistas trabajando de la mano de nuestros aliados, los ciudadanos.

Escríbenos a [email protected] y síguenos en @UNDiario