Cuento: El buen ladrón

Una vez, un niño al ver que castigaban salvajemente a un hombre le preguntó a su padre ¿Por qué le azotan así? El padre, quien conocía a dicho hombre como uno de los miembros más honestos y justos de la corte imperial, recordó que había sido acusado injustamente de alta traición por un malvado príncipe… es por ser bueno y honrado contestó a su pequeño hijo.

El niño concluyó entonces que ser bueno en aquellos tiempos era en verdad peligroso y se convirtió en el delincuente más temido de la época. Asoló villas enteras, incendió los almacenes del rey y robó a los más necesitados. Vivió una vida holgada producto de sus maldades; sin embargo como el crimen siempre paga, un día el delincuente fue apresado, y condenado a sufrir castigo sin piedad. La corte del rey lo sentenció entonces a pagar sus culpas con el antiguo y cruel método romano, la crucifixión.

Por una simple casualidad del destino ese mismo día condenaban y castigaban salvajemente a un extraño joven rabino llamado Jesús de Nazaret. Cuando el delincuente preguntó cuál había sido su crimen, le contestaron lo mismo que hace más de treinta años… por ser un hombre justo y honrado.

El ladrón comprendió una vez más que en verdad había tomado el camino correcto, y experimentó una extraña satisfacción. Cuando le colocaron el madero y lo cargó por las calles del pueblo hasta la montaña de las calaveras o monte Gólgota, vio lleno de estupor que a pesar de los castigos que le infringían al joven rabino, éste suplicaba piedad para sus carceleros, porque simplemente no sabían lo que estaban haciendo.

El delincuente se sobrecogió entonces con una sensación de lástima para consigo mismo, él; que hace unos instantes pedía el peor castigo para sus verdugos, sintió de pronto hondo dolor y vergüenza, ya que sabía que el joven galileo aquel, estaba pidiendo también perdón para él y que esas gruesas gotas de sangre que caían de su cabeza y costado era para lavar los pecados de toda una vida llena de amarguras.

No le dolió tanto el crujido de los clavos horadando sus manos y pies como el hondo remordimiento de sus culpas. ¡Jesús! gritó con las pocas fuerzas que le quedaban ¡Jesús! Acuérdate de mí cuando estés en tu reino.

El joven rabino, desde su cruz ensangrentada le dijo las palabras más bellas que el malhechor jamás escuchara…te prometo que hoy estarás conmigo en el paraíso. Y cuando el cielo se oscureció y tanto la tierra como los árboles y el viento lloraron desconsolados la muerte del joven rabino de Nazaret, el hombre aquel que había llevado una vida llena de maldad y amargura sintió como sus ojos se llenaban con la luz eterna del perdón.


Para la más pequeña y bella de todas. Mi esposa Carmen.

Voz de

Jorge Luis Vergara Reyes