Antílope, el guerrero




Una vez imaginé que la literatura había nacido de la siguiente manera.

Hace muchos años hubo una comunidad favorecida enormemente por los dioses que le dio fertilidad infinita a sus tierras, colmó de vida sus ríos y llenó las planicies con miles de animales para la caza. Sin embargo debido a la codicia de los hombres, de pronto los sembríos se secaron agobiados por una sed apocalíptica, las aguas se murieron y tanto los ciervos, los faunos y todo ser viviente huyeron en pos de alimento. La comunidad entera apeló a la mágica intervención de Sígor, la antigua hechicera, pero sus conjuros resultaron inútiles porque las llanuras continuaron extinguiéndose. Una noche los ancianos de la aldea se reunieron en torno al fuego y decidieron enviar al mejor de sus guerreros hacia los bosques del este en busca de alimentos y semillas para salvar la comarca. Antílope, el más joven de todos, fue el elegido. Ese mismo día se despidió de su familia. Abrazó a su mujer, besó a sus hijos y prometió que al volver traería consigo el relámpago y la lluvia para calmar la sed de la tierra muerta. Sígor lo bendijo en nombre de Eliargón, dios entre los dioses, mientras que los ancianos tomados de las manos elevaban una sentida oración para librarlo de toda injuria y maldad.

Una tarde cuando el horizonte se había vuelto de piedra divisaron a lo lejos una esbelta figura que avanzaba presurosa hacia la pequeña aldea. En un inicio creyeron que se trataba de algún siervo que buscaba alimento por la pradera extinta, pero cuando advirtieron que detrás venía también el relámpago y la lluvia repararon de inmediato en que era Antílope volviendo resuelto y victorioso. De pronto el sonido de los cuernos y el estallido de los tambores anunciaron el anhelado retorno. Se fundieron los abrazos, se conjugaron todas las emociones y las palabras no fueron capaces de expresar tanta alegría. Aquella noche mientras los niños dormían satisfechos en los regazos de sus débiles madres, Antílope contó que había huido de una manada de mamuts por haberles arrebatado el secreto de llamar a la lluvia y al relámpago. También narró que el smilodón era una bestia espantosa capaz de matar un ciervo de un solo zarpazo pero que él había logrado cazar uno para arrancarle la piel y protegerse del frío. Todas las noches la comunidad entera se reunía en torno al fuego para escuchar las aventuras del joven guerrero.

Así el tiempo pasó, como suelen pasar las constelaciones y las galaxias más distantes. Un día, el gran cazador decidió emprender un nuevo viaje. Terció su arco y su flecha. Llenó con algunas provisiones la escarcela, abrazó a su mujer, besó a sus hijos y se perdió en el horizonte de piedra. Sin embargo esta vez los dioses habían de otorgarle un amparo distinto. Una noche, Sígor divisó entre las estrellas la figura constelada de un joven cazador resuelto y victorioso que coronaba el firmamento oscuro de la pequeña comarca. Se escuchó nuevamente entre el silencio de la llanura el grito de los cuernos y el zumbido de los tambores. Otra vez no se hallaron las palabras exactas para descifrar tanta tristeza. Los ancianos cogidos de la mano elevaron su nostalgia más honesta a sus omnipotentes deidades suplicándole que guíen el camino de Antílope, mientras que Sígor, la benevolente hechicera, lo bendecía desde la distancia más inmensa en nombre de Eliargón, dios entre los dioses.

Pasaron los años y algunas noches, los ancianos que se reunían alrededor del fuego contaron entre cánticos y alabanzas las aventuras de un hombre llamado Antílope, beneficiado enormemente por los dioses, que en respuesta a sus maravillosas proezas le habían convertido en constelación y ahí bajo el universo estrellado de la sencilla comarca juraban contar su historia de una generación a otra.

Voz de

Jorge Luis Vergara Reyes