Alcaldes, se acabó la luna de miel


Algunos alcaldes de la provincia, en los primeros días de su gestión, optaron por gestos y acciones que tendían a inferir en los ciudadanos que sus gestiones serían dinámicas y eficaces; a la par que pretendían, mediante el ejemplo, mejorar el comportamiento cívico de los ciudadanos. Estas actitudes dieron sus frutos inmediatos y los vecinos los miraban con admiración. Pero con el transcurrir de los días la "popularidad" se va agotando debido a que la gente espera más de ellos, por un raciocinio lógico: "No se van a pasar cuatro años barriendo, arreglando pequeñeces, poniendo paliativos y cuidando balnearios nada más".

Un alcalde es el gobernante de una ciudad, comanda un concejo municipal cuya principal función es la de fiscalizar que los fondos del pueblo se usen bien. Y representar a los vecinos que los ungieron mediante el sufragio a los cargos que accedieron. Por tanto, ejercer el gobierno demanda tener muy en claro que los habitantes de una ciudad esperan que sus autoridades les digan cómo se van a solucionar los principales problemas, y en qué tiempo lo piensan hacer. Es decir, los concejos municipales deben exhibir públicamente un listado de problemas que solucionarán en el inmediato, mediano y largo plazo. Esto asegura eficacia en la gestión, proyección y previsión.

Con preocupación estamos observando también que algunos alcaldes están centralizando el trabajo que debe cumplir la municipalidad, como órgano de gobierno, en su persona. Ese es un grave error de imagen porque disminuye el nivel de estadista que debe tener la máxima autoridad edil. Repito, como gesto inicial para marcar el camino estuvo bien, pero sostenerlo en el tiempo provocará comentarios en la prensa y en los referentes de los distritos que caricaturizará la figura del alcalde. Los vecinos, después de un mes de gestión, plazo dentro del cual ya se deben haber asentado en el cargo, desean ver a un alcalde que monitoree la administración, que gestione, que proponga proyectos que cambien el sentido histórico de la ciudad, que enriquezca la identidad y pertenencia, que mejore la calidad educativa, que fortalezcan los hogares como instituciones básicas de una sociedad, que eleve mucho más el comportamiento cívico de los ciudadanos, y que haya una auténtica participación vecinal, sin elitismos ni partidarismos.

Este artículo pretende generar una crítica constructiva, porque es nuestro deseo que a nuestras autoridades les sonría el éxito. Porque de ello depende el desarrollo sostenido de nuestras ciudades.

Voz de

Víctor Gómez Ruiz