No más impunidad, cambiar desde la sociedad



Terminamos un año, que nos dejó con la ilusión de un nuevo amanecer, en términos de búsqueda de la justicia en nuestro país, en medio de resistencias y nubarrones; he iniciamos un nuevo año con la esperanza de que la ilusión iniciada en el 2018, continúe en la búsqueda de la verdad y concluya con el cambio del status quo, para bien de las mayorías, porque solo la verdad nos hará libres.

Desde los albores de la independencia, los peruanos, por generaciones han venido anhelando y luchado por justicia; muchas generaciones han pasado, y nunca han alcanzado a ver ni sentir en carne propia la tan anhelada justicia. La justicia siempre ha sido esquiva y conculcada para las clases sociales menos favorecidas. Siempre se pregonó, que la Ley es por igual para todos, y que nadie está por encima de la Ley. Sin embargo, para la élite social y política, el pregón nunca funcionó. Desde los rincones más alejados del país, hasta la capital de la república, la justicia ha sido lenta, tortuosa y frustrante para el que no tiene dinero, y ágil y rápida para la clase social acomodada y para la clase política. La situación ha sido mucho peor para las clases sociales desposeídas y peor aún para las personas iletradas, con quienes muchas veces, se han cometido abusos y atropellos, con aisladas excepciones.

Tal situación, alentó a muchos políticos de todas las tiendas, a utilizar como carne de anzuelo dicho descontento social, como promesa para sus campañas políticas. Asunto, que siempre terminó en promesa incumplida. De allí, el famoso dicho: “De buenas intenciones y promesas está empedrado el mundo”. Es por ello, que el ciudadano común y corriente, siempre ha visto a la justicia como algo inalcanzable, como algo imposible; al punto de considerar mejor “un mal arreglo con su ocasional contendor, que llegar a los tribunales de justicia”.

Al parecer, uno de los añejos males de la justicia es la corrupción. Corrupción soterrada o solapada, casi nunca evidenciada, lo que ha facilitado y permitido su existencia, al extremo de haberse cundido y extendido en la sociedad, al punto, que el escritor Manuel Gonzales Prada, refiriéndose a la corrupción, escribió a fines del siglo XIX: “en el Perú, donde se pone el dedo salta la pus”. En estos tiempos, ya no es necesario poner el dedo para que salte la pus, la pus, ahora está a flor de piel. Y no solo está a flor de piel, sino, que, como de la corrupción se hizo uso y costumbre, en muchos casos, se ha convertido como en un “derecho” o una obligación; validando para el caso, el viejo dicho: “la costumbre es ley”. Hecho que prueba la distorsión de valores en nuestra sociedad, para muestra, recordemos los llamados “diezmos” por los contratos de obras públicas.

Revertir esta historia sí constituye un verdadero reto, por cuanto se trata del cambio de actitudes del factor hombre, es decir, del accionante de la justicia. Sobre todo en un contexto social donde ser justo y honrado, es ser visto como un aborto de la naturaleza, al que le ponen toda suerte de apodos (desde tonto hasta imbécil). Donde, por el contrario, al injusto y corrupto le tildan de hábil, inteligente, astuto etc. Es por ello, que la distorsión de valores ha ganado terreno en nuestra sociedad. Tal es así, que en los momentos actuales enfrentarse a la corrupción, es como luchar contra la corriente, es decir, contra hábitos y costumbres negativos acendrados, contra poderes económicos y políticos forjados bajo ese manto. En otras palabras, una lucha titánica de mucho valor, que solo podrá triunfar si el pueblo hace suyo este noble propósito. Es como luchar para liberarse de algo que tiene esclavizado al pueblo.

Y la causa del enraizamiento de la distorsión de valores viene desde la formación de la niñez, que cotidianamente contempla, escucha y ve actos negativos, que por su inmadurez, no está en la capacidad de discernir lo que es positivo y negativo; simplemente lo asimila y lo lleva a la práctica como algo normal, salvo, que sea aclarado y corregido a tiempo el concepto. De lo contrario crecerá y madurará con conceptos y actitudes distorsionadas. Por ejemplo, si en un hogar los padres hablan groserías, el niño lo asimilará a su lenguaje como algo normal, o si ve al vecino maltratar a su mujer, pensará que es normal maltratar a la mujer; como también pueden adquirirlo del entorno social y los medios de información. Si nadie le corrige a tiempo, se formará y crecerá con los hábitos negativos.


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Voz de

Leo Rojas