Aprendizajes 2020

La pandemia por covid-19 ha provocado irreparables pérdidas en los hogares del valle Jequetepeque, como en todo el mundo. Para muchos hogares, esta Navidad será la primera en que se llorará la ausencia de un padre, una madre, o un hijo, por causa del covid-19 o por alguna otra enfermedad que no pudo ser atendida a tiempo. El dolor ha impregnado nuestros hogares y superarlo demanda la solidaridad, la empatía y la compasión de todos.

No es posible celebrar, sin considerar la tristeza que aún invade los corazones de nuestros amigos y vecinos. Esa debería ser la primera máxima aprendida de este difícil año, la capacidad de ser solidarios, incluso en medio de nuestro propio dolor y carencias. Considerar que tampoco se puede celebrar, ni en familia, ni con amigos, porque implica poner en riesgo la vida de nuestros seres queridos con la posibilidad de perderlos.

El dolor que han vivido nuestros hermanos por la pérdida de sus familiares tiene que ser suficiente motivo para tratar de evitar que las muertes continúen, cumpliendo con las medidas de bioseguridad que en este momento, la mayoría conoce de memoria, y que son la mejor forma de evitar el virus, en tanto no se cuente ni con el acceso garantizado a una vacuna ni con la cura para la enfermedad. No es momento de jugar con la vida de quienes amamos.

El 2020 ha sido marcado no solo por el dolor. También se ha caracterizado por la incertidumbre como consecuencia de la crisis sanitaria, económica y social que se vive.

El no tener la certeza de que la vida continuará como se conocía. La falta de condiciones para tener seguridad en que los nuevos emprendimientos funcionarán, o que las familias se podrán recuperar no solo depende de las múltiples crisis. En el caso de nuestro país, la crisis política está condicionada por el apetito voraz de malos gobernantes y políticos de la peor calaña, que anteponen sus intereses al bienestar de la nación. Ejemplos sobran a nivel del Congreso, en el Poder Ejecutivo, en los gobiernos regionales y en los municipales. La corrupción, honda y arraigada, es de tal magnitud que es imposible que quede escondida, y supura.

Pese al panorama sombrío, lo único que nos puede mantener de pie, firmes, con la mirada en el presente y con el anhelo del mañana, es la esperanza. La esperanza en nosotros mismos, en que somos capaces de levantarnos, de abrazar a los nuestros y, compartiendo esfuerzos, continuar a pesar de la adversidad. Hacemos votos para que en la recordación del nacimiento del hijo del Creador, cada familia halle el consuelo y la fuerza necesaria para seguir adelante, unida en el amor y la confianza.

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