Por Más Fiscalización Ciudadana



La fiscalización que la ciudadanía ejerce sobre la labor de sus autoridades así como de las obras públicas, es de importancia y debería ser alentada y apoyada desde los gobiernos locales.

La participación ciudadana aviva el ejercicio democrático; los gobernantes dicen apoyarlo, pero cuando les toca rendir cuentas consideran que se les está atacando y no se les deja trabajar. Eso es falso. No descartamos que haya quienes utilicen esa vigilancia para sacar provecho político personal. Ya lo hemos vivido y la población no debe olvidar.

Cierto que existen los falsos fiscalizadores. Algunos de ellos se presentaron como candidatos en los últimos comicios municipales y no fueron elegidos, felizmente los ciudadanos los rechazaron. Habían buscado hacerse de imagen de preocupados vecinos y aparecieron meses antes del término de la gestión de algunos alcaldes denunciando supuestas irregularidades y obras cuya construcción observaban o reclamaban solución. Se aprovecharon de viejos problemas pero solo con la intención de sacar ventaja personal.

Esos “preocupados” vecinos fiscalizadores de última hora negaban actuar por interés político pero finalmente se pusieron al descubierto al buscar un movimiento o partido que les sirviese como vientre de alquiler. El Pueblo no les dio la confianza que le pedían.

Felizmente existen los ciudadanos responsables, dedicados, comprometidos, interesados en trabajar por el bien común. Algunos de quienes han actuado como serenos vigilantes, desde hace tiempo, jamás han buscado un cargo público. Incluso han sido tentados para integrar alguna lista, pero han declinado tratando de preservar su independencia. Es que para demostrar amor a la ciudad en la que se vive, no se necesita ser autoridad. Se puede servir -y de hecho se sirve- desde el llano dando muestras de responsabilidad cívica, manteniéndose como vigilantes de la función pública, proponiendo cambios, e inclusive en la denuncia pero manteniendo siempre el respeto por todas las personas.

La autoridad no suele apreciar esto y ve fantasmas que no existen. Se resisten al diálogo ciudadano. La razón es sencilla. No están acostumbrados a escuchar, menos a dialogar. Llegados a un sillón municipal, que apenas dura cuatro años, el poder los ciega y les acrecienta el ego; les han hecho creer que solo ellos -y su gente de confianza- lo saben todo. Le temen a la verdad. No son capaces de identificar a los falsos amigos, que desde muy temprano van a sus oficinas con chismes de plazuela, o a adularlos para conseguir favores. Esos sujetos hay en todas las ciudades. Para ellos no hay restricciones para ser recibidos por la autoridad y están entre los primeros invitados. En cambio los que discrepan, los que dicen las verdades incómodas, los que recurren a los medios para denunciar, son marginados, ignorados y atacados.

Felizmente, los ciudadanos y ciudadanas están perdiendo el miedo y, cada vez más, empiezan a hacer uso de las herramientas que permite, por ejemplo, la Contraloría. Denunciar irregularidades es la única forma de garantizar mejores gobiernos y estarán haciendo un favor a su comunidad. Hay que hacer docencia cívica, eso es lo que hacen estos ciudadanos y ciudadanas responsables. Hay quienes, incluso, han sido cobardemente asesinados para silenciar sus denuncias. No lo han conseguido porque la semilla que sembraron es cultivada por otros.

Aplaudamos a quienes están vigilantes porque la verdad es que ni los residentes ni los supervisores de obra cumplen con su función, conforme ha detectado la propia Contraloría. Es importante que en Pacasmayo (y en todas las ciudades con obras en curso) la autoridad municipal se interese de verdad por las inversiones que se realizan. Pacasmayo debe exigir que el parchado de calles cumpla con estándares para que perdure en el tiempo previsto. Es su derecho.

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