La Violencia


Es una preocupación no solo nacional sino mundial. Deplorables hechos de violencia criminal se dan a conocer cada día en diversos continentes. En el Perú -como en otros- las noticias sobre crímenes, robos, asaltos han desplazado a las de naturaleza política y de otra índole, en consonancia con la demanda de las audiencias.

Este es un tema que ya ha merecido antes nuestra preocupación. La violencia aumenta, y así lo acreditan informes especializados, como el de Naciones Unidas que ha señalado como uno de los lugares más peligrosos para las mujeres, al propio hogar.

La violencia compromete a hombres y mujeres de distintas edades, desde niños pasando por adolescentes, jóvenes y adultos de la tercera edad. ¿Qué está pasando? Es como si un virus se extendiese rápidamente con los más atroces y despiadados hechos de sangre. Madres y padres asesinando a sus hijos; y a la inversa. Hombres matando a sus parejas y también a la inversa.

No hay motivos ni causas para intentar o pretender “justificar” esos hechos criminales.

Pero, tratando de hallar una explicación, lo único que se puede ensayar es el desborde de sentimientos destructivos, la reacción descontrolada y salvaje. Personas que atentan contra el derecho a la vida, a la propiedad, el respeto que se merece todo ser humano.

Reiteradamente hemos abordado los cobardes actos de violencia en contra de las mujeres y los execrables delitos de violación a menores de edad, a las que después se asesina en muchos casos. Niñas violadas por sus propios padres, hermanos, y/ o familiares.

Esos actos criminales generan la indignación y la protesta ciudadana llevando a la opinión pública al peligroso límite de reclamar quebrar la autoridad y tomar justicia por mano propia, algo que no se debe, ni se puede alentar.

La percepción de las personas es que no se está haciendo justicia, entendiendo esta como la aplicación de castigos inmediatos, y a semejanza de la Ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente. Para un grueso de la opinión pública, aquél que mata o viola debe ser condenado a muerte, algo que no permiten los tratados internacionales que suscribe nuestro país.

Desde diferentes esferas se intenta hallar explicaciones al fenómeno de la violencia. Tarea difícil en un mundo donde la tecnología ha impuesto nuevas costumbres y nuevas formas de vida en familia. Urge insistir en mejorar la educación, en el hogar y en la escuela, en valores; mejorar la comunicación en familia; promover la salud mental; entre otros. Además se debe exigir a nuestros gobernantes y autoridades a predicar con el ejemplo porque la corrupción no solo carcome los cimientos de nuestras instituciones, sino que socava el orden y la convivencia social.

Luchar contra la violencia debe implicar también sancionar con especial severidad a quienes ostentando cargos políticos o públicos, y contando con mejor nivel de preparación profesional, aprovechan malévolamente el poder para su beneficio particular.

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