Los Ciudadanos Saben


Quien esté dispuesto a escuchar a los ciudadanos, solo tiene que subir a un auto colectivo o visitar los mercados, y podrá tener una radiografía social, seguramente no técnica, pero sí bastante representativa del sentir de las personas. En el sentir comunitario hay decepción, debido a la conducción de los gobiernos locales en las sucesivas, recientes y actuales, gestiones.  

Las personas han dejado de creer en los candidatos, en los partidos y en los políticos.  No se salvan los injustamente llamados tradicionales, ni los emergentes; tampoco son mejores los movimientos locales, o regionales. Todos padecen los mismos males: una cúpula que tiene privilegios respecto del resto de los militantes; camarillas donde se decide y cuyos acuerdos se imponen; pero que pronto olvidan sus ofrecimientos. Si llegan al poder, encarpetan el plan de gobierno que propusieron, y se conducen erráticos, entre decisiones apresuradas, si es que alguna toman. Y si perdieron, se despiden hasta la siguiente elección, no ejercen control político ni tienen participación en la vida pública. Así se han conducido, eso es lo que hemos visto, en los últimos años.

De allí que, al interior del partido o movimiento ganador, apenas se conoce el triunfo, se arma otra pelea por tomar los escasos cargos públicos disponibles en el gobierno local que se les confió. ¿Por qué resulta tan difícil para los nuevos gobernantes adaptarse al personal que se tiene? Por qué no se puede fijar metas de trabajo, evaluaciones y reubicaciones en función de currículum, experiencia y desempeño de los servidores públicos. Por qué todos los que ganan el poder tienen que llegar con su tropa de recomendados. Se entiende la necesidad de ciertos funcionarios claves de confianza, pero no se justifican despidos que luego le costarán a todos los contribuyentes; como tampoco se justifica el engordar las planillas a límites que las oficinas municipales no soportan.

De todo esto se habla en las calles. Esto es lo que decepciona a los electores y ciudadanos, quienes consideran que la pugna por el gobierno no es por ser el mejor vecino para prestar el mejor servicio; sino una guerra por capturar el poder para el propio beneficio y de la cúpula de allegados.

Esto tiene que cambiar, pero es responsabilidad -principalmente-  de quienes pretenden ostentar la representación de una ciudad. Quien resulte elegido alcalde por los próximos cuatro años, y el equipo de regidores que lo acompañe, no solo será responsable de recuperar la seguridad ciudadana, de mejorar servicios, de garantizar el orden y el crecimiento planificado.

Los próximos alcaldes tienen la obligación de convertirse en líderes capaces de generar el cambio social que nuestras comunidades exigen para garantizar una convivencia armoniosa; serán responsables de ejercer verdadera lucha contra la corrupción; y será perentorio que en función de sus actos recuperen la credibilidad que los políticos han perdido y que afecta la credibilidad en las instituciones y en el sistema de gobierno democrático. No será una tarea fácil para los gobernantes y por eso los improvisados, los demagogos, los que no pagan sus deudas, los funcionarios que se aprovechan del cargo, los que se les conoce fortuna pero no el oficio, los malos padres de familia, los malos vecinos, tienen que ser descartados. Que la selección empiece por sacar a los malos de la lista de posibles elegidos. Los próximos cuatro años deben ser mejores, pero se requiere líderes conduciendo nuestras ciudades. Las calles lo saben.

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